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Luego de dieciséis días de tumbos turísticos por China, abrumado por las dimensiones de todo lo que asoma a la vista en el horizonte de este país, desperté esta mañana en el piso 117 del hotel Ritz Carlton de Kowloon, en la ribera de tierra firme frente a la isla de Hong Kong. Viendo la niebla radiante que aquieta las aguas de la bahía al amanecer, las estelas blancas de los enormes cargueros que entran y salen de los bordos del puerto industrial que puedo ver desde mi ventana, los gigantescos que son la rutina del paisaje urbano chino, tuve un pálpito de envidia y el mexicano síndrome de la melancolía.

Pensé que China es para nosotros a la vez un espejo y un espejismo. Un espejo en cuyo tamaño pareceríamos solo un accidente del paisaje, y un espejismo en marcha, inalcanzable, verdadero pero inalcanzable, hijo de una vibrante fiebre transformadora cuya unidad de propósito, en algún sentido monstruosa, es comparable solo al tamaño del cambio que ha producido.

Ser chino, haber sido chino en estos años de cambios descomunales, debió ser la más extraña experiencia de otredad que una sociedad pueda tener con ella misma: un salto sin fin de edificios, puentes y aeropuertos, hacia el cielo de la historia, cuyo dios es el movimiento.

En algún libro leí que España solo había sido grande cuando una idea grande tomó su imaginación: la idea del poder romano, la idea de la igualdad del Islam, la idea de la cristiandad católica que vertebró al imperio.

En solo 40 años, China ha sido tomada por dos ideas contradictorias, a la vez gigantescas y sucesivas: el igualitarismo delirante de Mao, que engendró la revolución cultural de los años 70, y el vertiginoso capitalismo de Deng que abrió en los 90 el camino hacia la China asombrosa de hoy. China ha ejercido con radicalidad y eficacia estas dos ideas desmesuradas.

Uno no quisiera radicalidades equivalentes para México, ni los gobiernos pantagruélicos que las han hecho posibles. Quisiera solo un gobierno con una razonable unidad de propósito, capaz de generar crecimiento, empleo, obra pública. Y una sociedad con una razonable unidad de esfuerzo, capaz de la disciplina, el esfuerzo sostenido, la constancia y la paciencia que requiere el desarrollo.

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