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El día de la segunda fuga de Guzmán Loera recordé en este espacio un dicho según el cual lo único irreversible en la política es el ridículo. La captura de El Chapo desmiente el dicho o lo completa: en política, la eficacia puede revertir todo, hasta el ridículo.

La recaptura de El Chapo revierte el ridículo de su fuga, es un golpe de eficacia que tranquiliza el ánimo de la República y le abre al gobierno de Peña una rendija de credibilidad que le urgía.

Ahora, qué karma tener que hablar una vez más de El Chapo Guzmán como de un acontecimiento central de México. Qué desgracia pública tener que chapotear sobre los hechos y los dichos de El Chapo, que El Chapo sea nuestro tema nacional y el tema de México en el mundo.

¿Cómo hemos llegado a esta deleznable notoriedad? ¿Qué secuencia de errores ha vuelto central en nuestro presente a este sangriento personaje y su sangriento oficio que, para colmo, tiene los rasgos de una  mitología, de una leyenda mexicana?

¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Qué hemos hecho tan mal para ser medidos como país por si agarramos o se nos escapa El Chapo? Terrible que sus fugas y sus capturas sean la medida de nuestro fracaso o nuestro éxito como país.

Terrible también la cantidad de gente, empezando por la autoridad, que dice o parece decir que hay que extraditar a El Chapo porque somos incapaces de mantenerlo preso.

Hay una triste y resignada idea de nuestro propio país en este diagnóstico: “No podemos con éste, dénselo a los gringos que sí pueden”. Es como una renuncia incluso a la idea de a que podemos corregir nuestros errores y mantener preso a un delincuente en una cárcel segura donde no tenga las ventajas que tuvo para escaparse dos veces.

¿No podemos corregir ni siquiera esto, luego de habernos equivocado a fondo? ¿No podemos tener preso ni siquiera al más peligroso preso de México?

Extraditar a El Chapo no dejaría de ser también una vergüenza, otra forma del ridículo.

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