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El énfasis que los gobiernos de la 4T le han puesto al pasado prehispánico de los mexicanos y su despreciativo desdén por 300 años de mestizaje y enriquecimiento de la cultura nacional llegó este lunes al extremo de decorar la fachada de la Suprema Corte de Justicia como una trajinera de Xochimilco.

“Hacia una reconciliación de la justicia con el pueblo”, reza el mensaje floral sobre un rectángulo verde y enmarcado con flores amarillas, con otro bastidor arriba decorado en sus ángulos inferiores con abanicos multicolores y el símbolo nahuatlaca y maya de la palabra en blanco, amarillo y el guinda de Morena.

El porqué de la veneración a esas dos etnias que avasallaron al resto de sus contemporáneas en Mesoamérica lo desconozco también, pero dudo que los restantes 66 grupos indígenas que subsisten en el territorio, distintos todos y cada uno con su propia cultura y lengua, reconozcan ese símbolo repetido diez veces en el desconcertante arreglo.

La chamanización de la nueva Corte comenzó muy temprano cuando su presidente, el mixteco Hugo Aguilar Ortiz, fue sujeto de una “limpia” con humo de copal en la zona arqueológica de Cuicuilco (que floreció y se extinguió entre los años 800 AC y 250 DC), probablemente fundado por quienes los tenochcas llamaban despreciativamente “otomíes”, pero que a sí mismos se decían y dicen “ñañús”.

Allí también, Aguilar Ortiz recibió un “bastón de mando” como el que Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum parecen interpretar como cetro de monarcas.

Horas después, al mismo ritual fueron sujetas las cinco mujeres y los cuatro varones que desde la noche del lunes integran el pleno del máximo tribunal constitucional.

Y las puertas de la sede de la Suprema Corte, que ante las agresiones de los piquetes porriles de los nacionalpopulistas, permanecieron cerradas durante casi toda la gestión de la ministra Norma Lucía Piña Hernández, están ya “abiertas para el pueblo”, según proclaman hoy los Tres Poderes concentrados en uno.

El inmueble asimismo fue objeto de “purificación” con el humo de resina, dizque para “alejar malas energías y honrar a los ancestros”.

Alarmado, el lector Eleazar Fontes me envió el sábado 30 de agosto un correo para alertarme de que los ministros entrantes, con “limpias” y “bastones de mando”, iniciarían su gestión con ceremonias de “fetichismo pagano”, y me recordó que la mayoría de la población mexicana es católica y se le debe respetar en su creencia, lo mismo que a los sectores de otras religiones o ninguna.

En su mensaje inaugural, Aguilar Ortiz afirmó que los nueve ministros fueron elegidos, no por otros poderes legítimos o fácticos, sino “por el pueblo”.

Bien sabe, sin embargo, que de no ser por los acordeones con que el lopezobradorismo indujo la escuálida votación del 1 de junio, no todo “el pueblo” los eligió ni habrían sido siquiera chamanizados, porque sus designaciones, como sólidamente argumentó y demostró el senador panista Ricardo Anaya, carecen de legitimidad.