Minuto a Minuto

Nacional Advierten por frío en CDMX el miércoles 14 de enero; activan alertas Amarilla y Naranja
Autoridades de la CDMX activaron las alertas Amarilla y Naranja en cinco alcaldías por las bajas temperaturas previstas para el 14 de enero
Nacional ¿Cómo va el caso contra Uriel R., señalado de acoso a la presidenta Sheinbaum?
Uriel R., señalado de acoso sexual contra la presidenta Claudia Sheinbaum, tuvo dos audiencias este martes 13 de enero
Economía y Finanzas Los trabajadores hoteleros y restauranteros recibirán cursos de inglés por el Mundial
Las capacitaciones concluirán con una evaluación en línea para certificar el nivel de inglés adquirido por los empleados
Nacional ¿Quiénes les dan razón a Trump?, por Isabel Arvide
La omisión como sinónimo de complicidad en Tulum
Nacional Depresión afecta a 3.6 millones de mexicanos, pero más de la mitad no están diagnosticados
La depresión no debe confundirse con la tristeza cotidiana, pues implica un deterioro sostenido en la vida diaria

La obsesión por la equidad presidió los consensos de la reforma política de 1996. Tuvo su expresión mayor en las reglas de financiamiento público para los partidos.

Se quería resolver, emparejando el piso, la práctica gubernamental de financiar a trasmano las campañas del PRI.

La reforma estableció que todos los partidos recibieran lo que antes solo recibía el PRI, con un criterio clave: “Que los recursos públicos prevalezcan sobre los de origen privado” (Art. 41 constitucional, fracción II). Autorizar mucho dinero privado podía dar poder a los ricos o dejar entrar el narco.

La Ley General de Partidos Políticos fijó luego que las aportaciones privadas fueran de hasta “el diez por ciento del tope de gasto” (Art. 56). De modo que: 90% dinero público y 10% dinero privado.

Esta prohibición terminó creando partidos rentistas del erario. También, sobre todo, un mercado negro de dinero electoral.

Nos hemos referido a ese problema repetidamente en este espacio: todos los contendientes en las elecciones mexicanas gastan el dinero público que reciben y además traen a las elecciones cantidades enormes, nunca medidas ni registradas, de dinero no autorizado por la legislación.

Quien quiere ser competitivo en las elecciones así diseñadas, debe traer dinero negro a su campaña, debe saltarse las restricciones legales. El efecto corruptor de esta práctica apenas puede exagerarse.

Aquí, como en otros ámbitos de nuestra vida pública, una ley exigente y restrictiva ha creado mercados negros e incentivos para violar la ley.

El mercado negro electoral es una de las fuentes de la opacidad y la corrupción que tanto reprocha la ciudadanía en su clase política.

Creo que hay que transparentar ese mercado levantando las restricciones que lo crearon y abriendo a fiscalización rigurosa las finanzas reales totales, públicas y privadas, de cada campaña.

Hay que responsabilizar también personalmente a los candidatos, no a los partidos, de las irregularidades financieras de sus campañas. La imposible equidad debe ceder en esto el paso a la transparencia posible, y la abstracta responsabilidad partidaria a la precisa responsabilidad individual.

La ilusión de que el dinero público puede pagar la democracia debe ser revisada radicalmente. La sociedad toda debe pagar por su democracia, no solo el erario.

[email protected]