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Ayer en Querétaro, poco antes de que los convocados ingresaran al Teatro de la República para conmemorar otro aniversario de la casi ya irreconocible Constitución de 1917, el titular de la Suprema Corte de Justicia de la Nación ofreció una estampa despreciable que no tiene precedente en la historia del servicio público mexicano:

De pie en la calle, con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón en la mañana fría que quizá le entumió algo más que el ánimo, Hugo Aguilar Ortiz observaba con atención los humillantes esfuerzos de una colaboradora y un guardaespaldas arrodillados en el asfalto, cada cual dedicado a frotar uno y otro zapatos.

Vestía traje negro, camisa blanca sin corbata y el saco adornado con bordados “indígenas”, detalle que no mitigó lo inexplicable del cuadro: el presidente del Poder Judicial de la Federación encarnando, en cinco segundos capturados por la lente, la imagen que suelen proyectar incontables machuchones empoderados por el obradorato.

Hijo de la fortuna de salir en una tómbola para ser electo “por el pueblo” manipulado por los acordeones del oficialismo, el sucesor de la estoica Norma Lucía Piña Hernández se puso de pechito: lo que cometió en Querétaro constituye una “razón grave” y suficiente para su destitución (como no la tuvo Arturo Zaldívar Lelo de la Rea para renunciar en su momento).

No se trató de una anécdota menor ni una frivolidad aislada: fue la viñeta ilustrativa de una élite que predica “austeridad republicana” mientras se deja limpiar los zapatos por subordinados.

El episodio de Aguilar Ortiz es quizá el ejemplo más extremo, hasta ahora, del divorcio entre el discurso y la conducta de los nacional-populistas. Ahí están el saloncito de belleza reservado para senadoras y senadores de la coalición oficial, la exhibición de lujos y excentricidades de los hijos de  Andrés Manuel López Obrador, Gerardo Fernández Noroña; el cobijo a Adán Augusto López, los alcaldes que pierden visas o el alcalde de Tequila señalado por extorsión y presuntos vínculos criminales, pero defendido con ardor por Morena cuando ya se hablaba de sus pillerías desde el partido que encabezaba el actual secretario de Educación, Mario Delgado.

Pero nadie, absolutamente nadie dentro de lo que se conoce como lopezobradorismo, había condensado en una sola escena, tan fugaz como elocuente, lo que significa la absorción de un Poder por el Ejecutivo y la mutación ética de sus titulares.

Y ocurrió, para colmo, en la conmemoración de una Constitución que, a juzgar por la escena, al protagonista le importa un carajo, porque goza gratis de luz eléctrica, celular, chofer, camionetas blindadas… y servicio de limpieza de zapatos.

Insisto, no fue un gesto trivial.

Fue la representación de un trepador que, instalado con fórceps en la cumbre, olvidó que la función pública no se ejerce desde el pedestal, sino desde la responsabilidad.

Ayer, el presidente de la Corte no celebró la Constitución, la caricaturizó, y lo hizo con los pies…