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¡No veo nada! ¡Córtamelos! — gritó–. ¡No veo nada! ¡Córtame los guantes!

Este mes, el día 25, se cumple un año más de que Cassius Clay le gritara a Ángelo Dundee que detuviera su primera pelea contra Sonny Liston. Si el entrenador hubiera hecho caso, el último tramo del siglo XX no habría tenido a su deportista más grande.

Aquella noche en Miami, hace 61 años, Clay rugía de espanto. Se daba guantazos en la cara para tratar de quitarse el ardor de los ojos. Había sonado la campana para poner fin al cuarto round; y regresaba casi sin visión, a su esquina.

Disputaban la faja mundial de los pesos pesados. Retador, Cassius Clay, de Kentucky: 210 libras y media, estilizado en su musculatura cobriza de 1.91 metros de alto. Campeón, Sonny Liston, de Arkansas: 218 libras, un tronco de ébano en su 1.84 metros de alto.

Clay había vapuleado desde el principio a Liston, pero Liston hizo trampas al salir al cuarto round: se untó los guantes con aceite hecho de una mezcla de cloruro de hierro, que producía una quemazón casi insoportable en los ojos, y provocaba ceguera temporal.

Liston le restregó los guantes embarrados en los ojos a Clay, como le había hecho en peleas anteriores a Eddie Machen y Cleveland Williams. Pero el gong salvó a Clay de rendirse en pleno asalto. Fue al llegar a la esquina que le grito a Dundee:

¡No veo nada! ¡Córtamelos! — gritó–. ¡No veo nada! ¡Córtame los guantes!

La respuesta del entrenador fue uno de esos momentos cruciales en la historia, que ocurren una o dos veces por siglo, para abrir paso a una leyenda.

–¡No jodas, muchacho: estás peleando por el campeonato mundial de los pesos pesados. Ésta es la gran ocasión! Sal ahí y no pares de correr.

Y se hizo la historia. Clay corrió, mientras Clinton resoplaba como un caballo cansado detrás de él. Para el sexto, Clay volvió a tener la vista despejada. Llegó a meter ocho golpes seguidos. Le abrió las bolsas de debajo de los ojos a Liston, quien no salió al séptimo.

Nueve días después, Elijah Muhammad, líder de la secta La Nación del Islam, anunció: “Al nombre de Cassius Clay le falta significado divino y debe ser cambiado por un nombre musulmán. Yo lo llamaré Muhammad Ali”. Y Clay aceptó su nuevo nombre.

Pero fue el gato elástico Cassius Clay y no Muhammad Ali, quien demostró aquella noche, con 22 años de edad, frente al toro macizo y enorme de Sonny Charles Liston, que no siempre ganan los más fuertes ni los más atemorizantes.

Que muchas veces ganan los más ingeniosos y los más rápidos.

Que la vida es acción, y no lección.