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No mentir, no robar, no traicionar es la seductora consigna que suele repetir el presidente López Obrador y sus devotos la repiten como loras y pericos. Sin embargo, su Movimiento de Regeneración deshonra el encomiable compromiso: Miente cuando afirma que busca una mejor democracia que la que usó para alzarse con el poder.

Roba cuando aprueba que los “aspiracionistas” funcionarios públicos que aspiren a cargos de elección hagan precampañas y campañas desde sus cargos en el gobierno (infraestructura y presupuesto se dan por incluidos). Traiciona el compromiso de respetar y hacer respetar la Constitución y las leyes.

La desvergonzada impudicia con que han actuado las falanges lopezobradoristas en el Congreso no se dio ni siquiera durante la “dictadura perfecta” del priato (Vargas Llosa dixit).

El paquete de las abusivas modificaciones a las normas y autoridades electorales tiene como único propósito satisfacer patológicos apetitos políticos y sectarios de venganza y nada de lo aprobado en pandilla es para “mejorar”, sino para despedazar la democracia.

El inconstitucional Plan B no pasó corregido, pero sí aumentado con la “vida eterna” (colada en San Lázaro) que se concede a la chiquillada que no alcance una votación mínima nacional de 3 por ciento: Morena podrá maicearlos con votos para que conserven su registro, canallada que se hace a pesar de que López Obrador sugirió que el Senado corrigiera lo que llamó “travesuras de los duendes”.

Indignos y lacayunos, diputados y senadores morenistas y morenianos legislan en favor de lo peor que desde la oposición denunciaba como delitos Andrés Manuel López Obrador. El quebranto a la nación que significa el depredador plan B contituye un golpe a la democracia, porque la ciudadanía perderá su confianza en los procesos electorales.

Para imponer la irracional deformación del sistema político echaron a la basura las inteligentes observaciones del cacareado “parlamento abierto” por parte de asociaciones y especialistas; el clamor de la marcha El INE no se toca del 13 de noviembre, las alertas de organismos internacionales y hasta la de su leal coordinador en el Senado, Ricardo Monreal, quien mantuvo la congruencia y anunció su voto en contra de las aberrantes, inconstitucionales modificaciones. “Es un asunto que me mueve asumirlo con toda integridad y responsabilidad; incluyendo los desenlaces, las consecuencias (…). Soy legislador, soy académico, soy político y servidor público (…) He sido llamado a sostener la Constitución (…). “Esta es una Cámara revisora y tiene esa obligación constitucional (…)”. Y remató: “No soy ingenuo y sé a lo que me enfrento…”, dijo en la tribuna.

Es tan grave lo consumado en el Congreso contra la institucionalidad del Estado mexicano que me hace recordar el final de El planeta de los simios cuando Charlton Heston sale de la cueva, descubre tirada en la playa la Estatua de la Libertad y grita algo así como “¡Qué pendejos, lo hicieron…!