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Si carencias sociales como salud y educación pasaron de padecerlas 25 millones de mexicanos en 2018 a 31 millones en 2022, la “salida de la pobreza” de algo más de cinco millones que reporta el Coneval es tan relativo como debatible porque se refiere al ingreso monetario, pero no a las deprimentes condiciones de existencia en que se debate casi la tercera parte (47 millones) de la población del país (que ya mero alcanza los 130 millones).

Los ingresos monetarios provienen de trabajos informales, apoyos del gobierno federal y remesas que emanan, sobre todo, de los paisanos que huyeron por violencia o hambre a Estados Unidos.

En 2018, 16.2 por ciento de los casi 125 millones que éramos, o sea como 20 millones de seres, no tenía acceso a los servicios públicos de salud. El año pasado la cifra se incrementó a 39 por ciento, de modo que unos 50 millones y medio deben rascarse con sus propias uñas.

Respecto del rezago educativo, un millón 600 mil menores y jóvenes se sumaron a los 23.5 millones afectados en 2018, lo que significa hoy que 25 millones estén fuera de las aulas.

El informe de Coneval fue celebrado el viernes por el presidente López Obrador:

“Ha funcionado nuestra estrategia, que se puede resumir en una frase: por el bien de todos, primero los pobres. Hay menos pobreza y menos desigualdad, objetivo principal de cualquier gobierno: lograr la justicia y la felicidad del pueblo. Y por eso estoy muy contento…”.

Pero el gozo se va al pozo si se repara en que el dinero de los ex pobres no alcanza para que tengan bienestar y menos aún que sean felices.

Del mismo reporte del Coneval, el ex secretario de Salud y rector de la Universidad de Miami, Julio Frenk, dijo el jueves con López-Dóriga:

“Hubo un avance en el combate a la pobreza porque los ingresos promedio mejoraron con los programas de transferencia a las familias. ¿Pero de qué sirve que a un pobre le llegue más dinero si lo tiene que usar para pagar las medicinas que no le da un buen servicio de salud? Se redujo la pobreza, pero en el mismo lapso empeoró la carencia de acceso de servicios de salud. Las familias sin seguridad en materia de salud suman 50 millones de personas. Ese pago de bolsillo explica por qué se duplicó el número de hogares que tienen gastos catastróficos, hasta llegar a 4.7 millones, casi 5 millones de hogares. Lo que se ha legislado no es movernos hacia un sistema de salud como el de Dinamarca, sino retroceder a lo que teníamos hace 50 años: un sistema fragmentado. La gente no asalariada era la que cubría el Seguro Popular y se le quitó ese derecho…”.

Así las cosas, ¿cómo explicar y menos justificar que la pobreza extrema creciera?