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Se requieren más de las nueve o diez horas que le llevó al presidente López Obrador viajar de Palacio Nacional al devastado Acapulco para intentar descifrar el misterio detrás del absurdo de que viajara por tierra en tres distintos vehículos y pasara el bochorno de quedar varado en dos ocasiones.

En el soleado mediodía, bien pudo viajar por aire y llegar en menos de una hora.

Como película cómica de cine mudo, el mandatario utilizó una camioneta Suburban, un jeep militar y un camioncito de redilas, pero la primera quedó varada pasando Chilpancingo en el kilómetro 320 (municipio de Juan R. Escudero) de la autopista bloqueada por deslaves; el segundo se atascó en el lodo a la altura del paraje conocido como Kilómetro 39, y el Presidente, con todo y cuatro secretarios de Estado, terminó usando un estaquitas Nissan para llegar por fin, y de noche ya, a la base naval de la Secretaría de Marina.

En el segundo atorón, el absurdo es de risa loca: varios militares trataron de sacar a pulso el vehículo, siendo que el jeep contaba con el dispositivo de acero que permitiría fuera remolcado por otro transporte que, carajo, no había.

Para entonces el Presidente seguía sin saber la magnitud de los daños y a la reunión que sostuvo con su gabinete de seguridad y la gobernadora Salgado no fue invitada la primera responsable del municipio de Acapulco, la alcaldesa Abelina López Rodríguez.

La majadería importa mucho, porque ella no solo es la presidenta municipal de una de las ciudades turísticas más afamadas del mundo, sino correligionaria (morenista) del Presidente y de la imperceptible gobernadora.

No es la primera ocasión que López Obrador queda varado: le ha sucedido lo mismo con retrasos de hasta cinco horas en vuelos comerciales y al menos tres veces yendo por caminos de terracería en el sureste y en el norte (uno para ser extorsionado por el “pueblo bueno” y otro rumbo a Bavispe, Sonora, por una ponchadura de llanta).

La única explicación a contingencias ridículas como las del miércoles es que, fundado en prejuicios, AMLO haya desaparecido el Estado Mayor Presidencial.

De contar con ese cuerpo especializado y aun sin tiempo ni condiciones para planear y ejecutar una gira normal, el EMP se habría hecho de información de los lugares afectados, los daños humanos y materiales (al menos los primeros datos); situación de la población, accesibilidad a los lugares afectados, acciones de las autoridades locales y asegurado la comunicación por diversos medios, incluyendo teléfonos o radios satelitales.

El EMP disponía de ellos, y Ejército y Marina también los tienen.

Imprescindibles los medios de transporte aéreo: el EMP tenía Eurocopters EC 225 y Súper Pumas, los primeros con equipos para volar por instrumentos en condiciones atmosféricas de poca visibilidad y de comunicación de punta (y además se tienen los modernos Black Hawk). La logística incluiría otras aeronaves de avanzada y la elección de un sitio idóneo para aterrizar.

Pero viva la improvisación.