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Nadie ha podido probar que Felipe Calderón, Enrique Peña o el presidente López Obrador hayan sido sobornados por narcotraficantes ni trabajado para convertir a México en narcoestado, pero tampoco negar que en amplias regiones del territorio nacional (el ejército estadunidense calcula que es un tercio) dominan las bandas criminales.

Sin embargo, a una entidad federativa completa le viene a la medida esa definición y es un estado fallido, Guerrero, cuya gobernadora formal y las alcaldesas de dos de sus principales ciudades, Acapulco y la capital Chilpancingo son morenistas como ella: Abelina López Rodríguez y Norma Otilia Hernández Martínez (la misma del cordial encuentro con el empistolado líder de Los ardillos y que ahora tiene el descaro de pretender una senaduría).

No sorprende que ministros católicos tengan comunicación con capos de grupos delictivos y traten de convencerlos de cesar sus cruentos enfrentamientos, pero la “tregua” que propiciaron entre Los Tlacos y Los Ardillos demuestra la incapacidad de las autoridades federales y estatales para dar con los delincuentes y someterlos a la justicia.

Relativa “paz” y solo en Chilpancingo, mientras el resto del estado sigue a merced de aproximadamente 40 bandas de traficantes, extorsionadores y asesinos.

Ahora sabemos lo que las corporaciones policiacas y militares bien conocen (pareciera que lo ignoran): los lugares precisos desde donde los mafiosos lideran sus pandillas y explotan los negocios dizque “lícitos” que poseen, entre muchos otros los de la venta de cerveza, refrescos, pollo y carne.

Según ha explicado el obispo emérito de Chilpancingo, Salvador Rangel Mendoza, la “tregua” pactada por ambas pandillas se limita al transporte público y las rutas de “peseras”, con la que consiguieron se les otorgaran 135 nuevas placas de taxi (75 y 60 a cada una).

¿Evelyn Salgado tampoco tiene conocimiento de esta situación? ¿Lo ignora también su padre Félix Salgado Macedonio, fantasmal presidente de la comisión de seguimiento al auxilio a los damnificados por Otis y pastor de una secta de adoradores de la luna?

Por el sacerdote Filiberto Velázquez sabemos que Onésimo Marquina Chapa, El Necho (o El tamalero), líder de Los tlacos (o cartel de la sierra) y Celso Ortega Jiménez, La vela, de Los ardillos, se comunicaron entre sí por teléfono, en tanto que las fiscalías del estado y de la República están en la baba, al igual que el Centro Nacional de Inteligencia, cuando tienen hasta Pegasus para espiar, como lo siguen haciendo, a periodistas, defensores de los derechos humanos, empresarios y opositores.

Si los curas pueden hablar con los delincuentes, ¿acaso no lo único lógico es que ambos capos estuvieran ya en la cárcel?

El reino del narcoterror le hace decir al obispo Rangel que, como ha dicho López Obrador, no hay que pactar con criminales, pero hasta para eso ya es tarde porque ya están los candidatos y los apoyos de los narcotraficantes a políticos.

Y eso en Guerrero todo mundo lo sabe…