Son recurrentes en AMLO las referencias a Genaro García Luna, dando por suficientes las acusaciones en su contra para tratarlo como delincuente, pese a que el ex secretario, desde su primera audiencia, se declaró “no culpable” y su juicio ni siquiera ha comenzado.

El Presidente lo utiliza para denostar a los gobiernos  “neoliberales”, en especial el de Felipe Calderón, y lo usa de comodín cuando calumnia a periodistas. Como afirmar que ha consumado la ilusoria “revolución de las conciencias” o que ya no hay corrupción, el Presidente añade a sus esperanzas un deseo de realización muy improbable: “Todavía estoy esperando que nos explique Felipe Calderón cómo fue que le dio tanto poder a García Luna y si no se daba cuenta de lo que hacía…”. Y aseguró: “Sí, me acuerdo que al principio, cuando empezó García Luna a tener influencia, era muy afamado. Le quemaban incienso los periodistas famosos, no todos.

Los llevaba a un búnker que tenía con cámaras, y ahí iban. Creo que fue Ciro Gómez Leyva, Marín, y salían de ahí, y ‘¡oooh!, ¡aaah!’, a hacer sus crónicas. Cómo me gustaría rescatar esas crónicas ahora, porque tampoco han ofrecido disculpas…”.

No recuerdo un relato de Ciro al respecto (o me lo perdí porque disfruto su inteligente y aguda prosa), pero sé que yo, sencillamente, nunca escribí sobre el dichoso “búnker”.

“Y me llama mucho la atención, me quedo sorprendido, anonadado, diría mi maestro Santamaría, de que sobre este asunto no se habla, silencio, silencio (…). ¿Por qué el silencio de los medios…?”, expresó.

Para López Obrador, fue solo un triste “búnker” la instalación subterránea donde operó el más avanzado sistema de inteligencia contra la criminalidad en América Latina. La conocí porque soy reportero y no salí exclamando “¡oooh!, ¡aaah!”, como tampoco de sus conexas del extinto Centro de Investigación y Seguridad Nacional, la Sección Segunda de la Secretaría de la Defensa Nacional y la Marina Armada, de la desaparecida Policía Federal o la del gobierno capitalino (montada por el Cisen). De ninguna de esas incursiones hice alguna “crónica” pero, de haberlo hecho, no hay la menor razón para disculparme con nadie ni por haber tratado a García Luna o a cualquier otro servidor público, cualquiera que fuese, antes o después, su situación legal.

En 53 años de oficio conozco a varios acusados y a menos sentenciados: la primera de las contadas entrevistas realizadas en el Altiplano se la hice a Rafael Caro Quintero y me habría encantado lo mismo con Osama Bin Laden o Joaquín El Chapo Guzmán. Ni por asomo pediría perdón por acreditar y honrar mi trabajo.

Sé que con García Luna se hizo el mayor decomiso de cocaína de la historia en todo el mundo (22 y media toneladas), en perjuicio de la misma banda que, según la acusación, ese hombre alcahueteaba. Lo racional es asumir la civilizada presunción de inocencia. Abomino los juicios sumarios, los linchamientos, y deploro la pérdida de tiempo y dinero del erario en “rescatar” una crónica que jamás de los jamases escribí…