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El presidente López Obrador es hoy por hoy el más prominente personaje de México y cualquier información relacionada con él tiene interés público, lo mismo si anima sus conferencias con Chico Che que si gente de su familia y entorno político figura en expedientes de la frecuentemente desconfiable agencia estadunidense antidrogas.

Por lo mismo es lógico que The New York Times haya dado a conocer una sospechosista investigación sobre supuestos financiamientos delincuenciales a su campaña de 2018, tan endeble que no llegó a conformar un sólido caso y acabó siendo desechada por el gobierno gringo (dicen que por la conveniencia de que el mexicano siga conteniendo el flujo migratorio hacia Estados Unidos).

Sin embargo, lo revelado la semana pasada, al igual que el reportaje de Tim Golden sobre la campaña de 2006, se basa en fuentes anónimas de la DEA y en testimonios de criminales confesos (esto último igualito, sin una sola prueba, bastó para sentenciar “culpable” a Genaro García Luna).

De ahí que yo diga que la agencia le propinó un periodicazo al presidente mexicano (al parecer en venganza porque AMLO frustró la intriga montada contra el general Salvador Cienfuegos).

Pero tan crónica es la soberbia del presidente que cometió el disparate de poner su “autoridad moral y política” por encima de la legalidad, a pesar de que su obligación única es cumplir con la Constitución y las leyes.

La secuela de sus prepotentes y abusivas afirmaciones en el ríspido debate que provocó ante un planteamiento lógico de una respetuosa reportera de Univisión sobre la exhibición del número personal de celular de la periodista del NYT que le solicitó responder unas preguntas ha sido el pandillero escalamiento de un conflicto que debió dirimirse sin mayor estruendo, con el balconeo cibernético de los números telefónicos de uno de sus hijos y de su candidata presidencial Claudia Sheinbaum.

Sobre haber difundido el número telefónico de la jefa de la corresponsalía del NYT, Jesica Zermeño le preguntó:

–¿Por qué lo hizo…?

En vez de responder, López Obrador arremetió:

“Bueno, primero ustedes –con todo respeto–, quienes hacen un periodismo diría faccioso, porque nada más se inclinan en favor de grupos de intereses creados, no hacen un periodismo para todos, están demasiado cercanos al poder económico y al poder político (…). A ustedes, con todo respeto, les da mucho por ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Ustedes se sienten bordados a mano, como una casta divina, privilegiada. Ustedes pueden calumniar impunemente, como lo han hecho con nosotros (…) y no los puede uno tocar ni con el pétalo de una rosa…”.

En todo momento ella ponderada y él nada caballeroso, la discusión lo sacó de sus casillas al extremo de decir que por encima de “esa ley” (la de Protección de Datos Personales) está su “autoridad moral y política”.

Para tan censurable subjetividad aplica la definición del general Gonzalo N. Santos, El alazán tostado: “la moral es un árbol que da moras…”.