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Como en el documental QRR (quien resulte responsable, 1970) de Gustavo Alatriste sobre los primeros asentamientos ilegales en el vaso de Texcoco en lo que se fue conformando Nezahualcóyotl, cuando un burócrata les habla a vecinos fatigados, tiznados, desvelados y pasmados ante las ruinas humeantes de casuchas devoradas por el fuego donde no había agua, las víctimas y sobrevivientes del deslave en el cerro del Chiquihuite “perdieron desde que llegaron…”.

Viendo las gigantescas rocas desgajadas no se entiende que a sus pies hubiera casas destinadas a desaparecer bajo miles de toneladas con todo y quién sabe cuántas personas.

Esta nueva tragedia vuelve a destapar el problemón de poblamientos irregulares e ilegales en lugares que jamás debieron invadirse ni permitirse construcciones habitacionales. La razón de que en ese y otros incontables cerros (igual que cañadas, riberas y otras “reservas protegidas”) riesgosos para la vida humana existan millares de viviendas es el binomio de la canija necesidad de techo y la crónica y sucesiva incapacidad de los gobiernos municipales, estatales y federales para diseñar y ejecutar programas efectivos de un racional plan urbano de crecimiento. En vez de repartir dinero y alentar la siembra de arbolitos, con diálogo, compra de terrenos, programas de vivienda y financiamiento barato, este tipo de asentamientos debiera desaparecer.

La insensatez en el Chiquihuite comprende su incomprensible división política: una fracción está en la alcaldía capitalina Gustavo A. Madero y otra en Tlalnepantla, Estado de México.

Que el derrumbe ocurriera en la parte mexiquense no exime al gobierno de Ciudad de México de la responsabilidad que ambas administraciones tienen en el alcahueteo de colonias habitacionales en uno de los cerros de la dizque “protegida” Sierra de Guadalupe.

La tesina de la licenciada en Ingeniería Humana María de Jesús Tinoco Garduño, de la Universidad Autónoma Metropolitana, es precisamente sobre los asentamientos ilegales en el cerro del Chiquihuite y, aunque se ocupa de la sección capitalina, su estudio, comentarios y conclusiones valen igual para la mexiquense del derrumbe reciente: todos los pobladores del Chiquihuite viven expuestos a morir aplastados.

Prolijo en detalles, abundante en información y preciso en referencias, el trabajo académico se concluyó el otoño pasado y revela, por ejemplo, que en 1998 una roca rodó hasta la zona urbanizada y afectó varias casas en la colonia La Pastora; que en 2000 un desprendimiento en la Lázaro Cárdenas (ladera Este) “provocó la muerte de una persona a consecuencia de la caída de toneladas de rocas, lodo y escombros”; que “en otra ocasión, una fuerte lluvia provocó el desprendimiento de una barda de 40 metros de largo por 15 de alto”, derrumbando cuatro casas y afectando una franja de 20 metros. Esto, mucho más y mejor debieron saberlo Claudia Sheinbaum y Alfredo del Mazo, obligados a resolver el problema para que nadie más hubiera sido aplastado. ¿O no…?