erá muy difícil que el ministro presidente de la Suprema Corte, Arturo Zaldívar, no sea visto como instrumento del presidente López Obrador con su lanzamiento de una chinampina, pero de pólvora mojada, sobre “presiones” del calderonato a propósito de la secuela jurídica de la tragedia en la guardería ABC, ocurrida el 9 de junio de 2009. En la presentación de su libro Diez años de derechos, autobiografía jurisprudencial, improvisó:

“Hoy puedo dar fe de una operación de Estado para proteger a la familia de la esposa (Margarita Zavala) del presidente (Felipe Calderón), para proteger a los altos funcionarios públicos de ese gobierno que hoy vienen a hablar de estado de derecho y de autonomía y de no sé cuántas cosas, sin ninguna autoridad para decirlo…”.

Diputada hoy, la aludida calificó esas afirmaciones de oficiosa contribución a la siembra de distractores para que no se repare en los problemas que más afectan a la 4T, como los pendientes de resolución sobre las acciones de inconstitucionalidad y controversias constitucionales que se mantienen refrigeradas en el máximo tribunal.

Reprochó el silencio de Zaldívar ante tragedias más recientes, como la huachicolera en Tlahuelilpan, Hidalgo; la del colapso en la Línea 12 del Metro; los homicidios dolosos y los feminicidios; el desabasto de medicamentos y en particular los necesarios contra los diversos tipos de cáncer infantil; la casa gris de Houston o los asesinatos y la violación de los derechos humanos de los periodistas.

Entre los puntos vulnerables del tardío testimonio sobresale asimismo la afirmación de que “el gobierno de Calderón impidió que los menores que sufrieron graves quemaduras fueran trasladados a un hospital en Sacramento, California, porque no quería que el escándalo se hiciera más grande”. Indignada,

Margarita le respondió que personalmente habló con la fundación Michou y Mau y un hospital en Estados Unidos para que las víctimas fueran atendidas. Escéptico, el coordinador de la fracción morenista en el Senado, Ricardo Monreal, opinó que revelaciones como la de Zaldívar “siempre generan suspicacia”, y confió en que lo mejor será que el ministro tenga pruebas.

“No sé por qué emitió esta declaración y levantó de nuevo una discusión pública que no va a terminar ni hacia dónde va. No le resto valor a su dicho, no le resto credibilidad a su expresión. Si el destiempo te genera un proceso al menos de duda, ¿por qué no se hizo (la revelación) en aquel momento?”, se preguntó. Y aunque reiteró su respeto y se refirió al ministro presidente como un hombre “muy inteligente y ecuánime”, planteó más interrogantes:

“¿Por qué los funcionarios, políticos, actores, declaran después de muchos años? ¿Por qué no hacerlo en el momento? ¿Por qué no tener la decisión y firmeza de declararlo cuando están sufriendo esas presiones (y se hace) ya a destiempo?”.

Cierto: el fregadazo más de doce años después puede salir por la culata porque despierta recelo, sospecha, desconfianza, “suspicacia…”.