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Aunque la dignidad de su cargo dificulta imaginar que un presidente de la República (el que sea) cometa la imprudencia de enojarse, exhiba su contrariedad y, peor, que sobre la coartada “mi pecho no es bodega” se exprese de manera soez, a López Obrador no se le puede reprochar la convicción en que fundó en Sonora su mandada “al carajo” a quienes reprobamos la contratación de 500 médicos “especialistas” cubanos.

¿Quién se atreve a negar su acierto al decir: “Lo primero es la salud del pueblo. Los médicos son de México, o son de Cuba, o son de Francia, o son de Estados Unidos, pero los médicos son para curar a la gente”? Sin duda para eso son. Lo penoso es que tal fue la conclusión del tema que comenzó diciendo: “Una vez que contratemos a todos los médicos (mexicanos) y que sabemos que nos van a hacer falta (más), y sobre todo en el medio rural, en las comunidades más apartadas, vamos a contratar a 500 especialistas médicos cubanos”.

Todavía bien hasta aquí. Pero se fue de largo con una interpretación desacertada y un insulto: “Eso tiene a los conservadores muy enojados. ¿Pues saben? ¡Qué se vayan al carajo…!”. “¿Y yo por qué?”, se preguntarán muchos de los involuntarios y repentinos carajenses.

AMLO no quiere entender que su sectaria decisión se critica, para empezar, por el hecho considerado en Naciones Unidas como “trata” o “trabajo esclavo”, pues la paga por el servicio importado (como sucedió con la pandemia) no se hará a los médicos y médicas que vengan, sino al Ministerio de Salud Pública de Cuba, que se quedará con 75 o más por ciento para proveer de divisas a la dictadura, a cuyos “especialistas” explota como la Alemania nazi a prisioneros de sus campos de concentración.

Otro factor en contra es que la deshilachada gestión sanitaria de México no cuenta con el diagnóstico ni con el pronóstico de los padecimientos que se quieren aliviar en la Montaña de Guerrero.

Uno más es la resistencia de personal médico mexicano a trabajar sin garantía de permanencia y remuneración dignas ni de seguridad física en regiones asoladas por la narcodelincuencia. Otra, que el “boicot” –en realidad embargo porque el castrismo no pagó las expropiaciones de bienes estadunidenses– no lo sufre Cuba de afuera hacia adentro, sino que es el gobierno quien lo practica contra su población (en la isla nadie tiene la libertad de pescar para comer porque la policía multa con 3 mil pesos o cárcel a quien sorprende tirando anzuelos, y lo mismo sucede si alguien, aprovechando el árbol frutal de su patio, quiere paliar el racionamiento y la pobreza preparando jugos de mango para mercarlos, por unos centavos, con sus vecinos.

La oposición al acarreo de médicos “internacionalistas” nada tiene que ver con “el conservadurismo” ni con la xenofobia, sino con la doble injusticia de desdeñar a los mexicanos mal pagados en el sistema público de salud y la explotación forzada de mano sanitaria cubana, innoble situación que merece, ésta sí, ser mandada al carajo…