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Aunque de sus despreciados “sectores de clase media, aspiracionistas” dijo hace un año que “hay más pensamiento conservador en la colonia Del Valle que en Las Lomas”, Andrés Manuel López Obrador ya reconsideró:

Cuando echaba carrilla contra “los que están molestos porque tenían el negocio del aeropuerto y no se les hizo” pero actúan como “fifís”, aventuró una nueva definición del más careado apelativo por el cuatroteísmo:

“Actúan como fifís (pero) no lo son porque, para ser fifí, como dicen en Veracruz, le zumba, o sea, tienen que tener avión propio, yate, vivir en Las Lomas, en Santa Fe, pero en La Toscana, en el Pedregal. Nada de que si vives en la Del Valle ya eres fifí. No, no, no. Hay niveles…”.

Muy debatible (hasta en los microbuses hay rutas), pero el Presidente podría evitar el riesgo de aventurar definiciones maniqueas leyendo a quien dice admirar: Carlos Monsiváis, que en su ensayo Para todas las cosas hay sazón (consultable en las crónicas de Días de Guardar, editorial Era) definió en los años 70 como nacos y fresas a los chairos y fifís de ahora:

“Los nacos (se me informa que ‘aféresis de totonacos’) sienten el peso de su nombre, del peyorativo acuñado por un neoporfirismo ensoberbecido, que la clase media recogió y divulgó con agresiva docilidad.

“—¿Se enteró de que ya no se llama ‘raza de bronce’? Ahora es…

“Naco, dentro de ese lenguaje de discriminación a la mexicana, equivale a proletario, lumpenproletario, pobre, sudoroso, el pelo grasiento y el copete alto, perfil de cabeza de Palenque, vestido a la moda de hace seis meses, vestido fuera de moda o simplemente cubierto con cruces al cuello o maos de doscientos pesos. Naco es los anteojos oscuros a la media noche, el acento golpeado, el futbol llanero, el vapor general, el California Dancing Club, la herencia del peladito y del lépero, hacer hijos es hacer patria, los residuos de ahí va el golpe…”.

Y a su contraparte fresa la definió así:

“Tomados de la mano de su noviecita santa, aferrados como alpinistas al cordón umbilical, con esa expresión modelada por las seguridades de una vida ya dictaminada desde la cuna hasta la extremaunción (lo cual no excluye a los ateos y otras denominaciones religiosas del riesgo de ser fresas). Los fresas, los square, quienes ni de la disidencia discrepan (razón por la cual algunos llegaron incluso a participar en manifestaciones estudiantiles); quienes se aceptan o no como tales, viven para ingresar a clubes, desfilar en grupos sociales, militar en colonias o calles (¿cuáles serán, oh Vida, las diferencias entre un fresa-Narvarte y un fresa-Pedregal?), ellos pertenecen, tienen amigos, grupos, situaciones ambientales predispuestas en su favor, la ecología transada. Van a oír a los Union Gap, de preferencia con la novia, porque Young Girl cantada (nada menos) que por Gary Puckett y vivida al lado (nada menos) que de Martita o Sofía, es la aproximación perfecta al ideal juvenil…”.