Oportunista, el presidente López Obrador usa el calzador para meter en un mismo cajón su política de “abrazos, no balazos” y una comprensible frase papal. Sobre los victimados en Chihuahua, el pontífice Francisco deploró: “¡Cuántos asesinatos en México!”. Y predicó que “la violencia no resuelve los problemas”.

AMLO jaló la cobija: “Él escribe un mensaje lamentando la situación de violencia en México, pero al mismo tiempo subrayando de que no es la violencia el camino para conseguir la paz”.

Aprobado: “Me pareció equilibrado el mensaje del papa”. ¿De dónde habrá sacado que se le pide ser “violento” con los delincuentes? Lo que el papa, jesuitas, no jesuitas y la sociedad quieren es que su gobierno acabe con la violencia delincuencial y deje de ser pasivo ante la criminalidad. Su categórico rechazo a modificar su desastrosa “estrategia” suele aderezarlo con referencias bíblicas que no vienen al caso, como si el mexicano fuera un indeseable Estado religioso: “¿Qué es lo que quieren?”, se preguntó ayer.

“Que usemos toda la fuerza del Estado, que no nos tiemble la mano y que se aplique la ley del talión, ojo por ojo y diente por diente”, se respondió. De los asesinados en la Tarahumara (para no ir al tiradero de cadáveres y la fosa nostra del país), pareciera que deudos y sociedad le estuvieran exigiendo que al homicida se le mate igual que lo hizo con sus víctimas. El papa, se entiende, está obligado a seguir el mensaje de amor y paz de Jesucristo, pero el presidente de México tiene un laico y solo compromiso: cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes.

Alguien de su confianza debiera hacerle ver que los Estados, desde su origen, tienen como propósito primigenio garantizar la seguridad de la población, y que los mexicanos depositamos en un presidente tanta confianza que lo asumimos como jefe de las instituciones, algunas de las cuales tienen (por mandato popular a través del Congreso) la responsabilidad de procurar e impartir justicia.

Eso quiere decir que no es de contentillo sino una obligación perseguir todo tipo de delitos, independientemente de si sus perpetradores son buenos o malos. Lo deprimente es que, en la lógica presidencial, antes que cumplir con sus deberes, la autoridad debe tomar en cuenta… la condición humana. “

Hay todavía quienes piensan que la violencia hay que enfrentarla con violencia, el mal con el mal”, supone AMLO, cuando lo que se le exige es nada más que se aplique la fuerza de la ley y de las instituciones creadas para combatir “el mal”. Candoroso, insiste en que “solo siendo buenos podemos ser felices (…). Nosotros sostenemos que el ser humano no es malo por naturaleza; que son las circunstancias las que llevan a algunos a tomar el camino de las conductas antisociales, y nosotros sí creemos en la readaptación y no pensamos que la gente no tenga más destino que ser eliminada (…).

El ser humano es bueno por naturaleza, nace bueno, son las circunstancias” (las que lo echan a perder).

Ajá. Pero, ¿y eso qué…?