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El asalto de Trump sobre Maduro desnudó a la dictadura venezolana. Le hizo un servicio salvaje a la transparencia política latinoamericana. 

Nadie puede defender ni negar ahora, lo que el golpe de Trump dejó al descubierto: un país empobrecido por una dictadura  estúpida y corrupta, cuyos crímenes no pueden taparse con el manto de la soberanía y la autodeterminación de los pueblos.

No hay soberanía ni autodeterminación donde no hay elecciones libres, ni instituciones   democráticas donde los dueños del gobierno son los dueños de la nación.

Siendo un delito internacional, el asalto de Trump sobre Maduro, suscitó cualquier cosa menos la celebración o el elogio de la dictadura desnudada. Y en la aceptación del golpe de Trump por parte de la pandilla bolivariana, hubo cualquier cosa menos dignidad y valor frente a la agresión externa. Resultaron  bolivarianos de relumbrón y cartón piedra.

Está muy claro ahora que sus especialidades políticas son la tiranía, el despojo, la corrupción, la violencia, el empobrecimiento económico y moral de la sociedad. Y el miedo.

De su indigencia y de su cobardía política habla muy elocuentemente el hecho de que Maduro estuviera custodiado por una guardia pretoriana de Cuba. 

La pesadilla estaba a la  vista para todo el que quisiera verla pero la levantada de capucha de Trump fue brutal.

El mejor trazo corto de la desgracia venezolana que he leído en estos días, es el de Ricardo Hausmann en The Economist. Dice:

“Cuando Maduro llegó al poder en 2013, los venezolanos eran   cuatro veces más ricos que ahora.  Siguió la mayor contracción económica del país en tiempos de paz. Y un éxodo de 8 millones de venezolanos, la cuarta parte de la población. Esto no fue el resultado de una invasión extranjera o de un desastre natural, sino de una desgracia autoinfligida, con mucha brutalidad, represión y corrupción interna.

“El centro del colapso fue el  desmantelamiento sistemático de los derechos. Se vaciaron los derechos de propiedad, los contratos dejaron de tener valor, los tribunales perdieron su independencia, las elecciones  dejaron de contar y hablar claro se volvió un crimen. Conforme los derechos se esfumaron, se fueron  también la seguridad, la inversión, la confianza y el poder de imaginar. La gente dejó de planear el futuro porque el futuro ya no le pertenecía”.