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Lo que hicieron los mercados financieros la semana pasada los retrata de cuerpo entero.

Todavía hace una semana privaba la cautela y hasta el temor por el resultado de la consulta británica sobre la permanencia o no en la Unión Europea.

Pero repentinamente dieron validez a las encuestas que con un resultado dentro del margen de error marcaban que no pasaría nada y que los súbditos de la reina Isabel II amanecerían el viernes 24 de junio como ciudadanos de la unidad continental. Incluso le dieron peso a los momios de las apuestas que se inclinaban hacia ese rechazo a la salida.

Los índices bursátiles ganaron, las monedas se revaluaban frente al dólar, el oro perdía y el petróleo ganaba. Todos adelantándose para ser los primeros en gozar de las mieles de la permanencia europea.

Subieron pues más escalones, para después dejarse caer en el concreto de la realidad de que los argumentos de la lógica económico-financiera no son los que mueven a la gente de carne y hueso que vota y decide.

El dolor y el sufrimiento se lo han autoinfringido los mercados, pero así son. De eso viven.

Lo que hay que administrar son las consecuencias. Es evidente que a nadie convenía este resultado. Los que votaron a favor del aislamiento pronto se darán cuenta, pero ya será demasiado tarde.

La verdad es que en el largo plazo, las expectativas de crecimiento del Reino Unido son muy alentadoras, pero por ahora hay que darle reglas nuevas a su juego tras el reseteo que hicieron.

Y en este proceso de incertidumbre hay que recomponer también otras estrategias externas al reino británico, incluso de Europa.

El más interesado y estresado debe ser el Banco Central Europeo, que tiene echadas todas sus cartas de la laxitud monetaria y poco le queda por hacer ante una desaceleración provocada por el abandono; sin embargo, algo tendrán que hacer quizá de la mano del Fondo Monetario Internacional.

La parte más débil empieza a ser el sector bancario europeo que tiene un peso enorme sobre sus espaldas, tal como le ocurre a los chinos que ven en la banca un peligro de rompimiento de su estructura financiera.

Ahí está el foco amarillo de China que no hay que olvidar. Por eso es que ahora que la Reserva Federal de Estados Unidos manifestó abiertamente que el Brexit le importaba, puede ser que la prudencia de no elevar el costo del dinero sea altamente recomendable.

Esa determinación no se resuelve en una consulta popular, pero la sensibilidad debe estar presente en un banco que se deja llevar por lo frío y contradictorio de los indicadores económicos.

En el mercado, las apuestas de un incremento este año por parte del banco central estadounidense bajaron drásticamente tras el Brexit; lo que falta es que desde el propio banco hagan algún guiño de condolencia con los británicos y sus viudas europeas. Y con ellos al resto del mundo.