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Celebramos la herencia de Fernando Benítez como periodista cultural, pero la obra del historiador, del cronista y del novelista son un tesoro aparte, el legado de un autor de energía, imaginación y elocuencia infatigables.

Escribía muy bien, buscaba el rasgo único y el hecho sorprendente. Tenía brújula literaria y brújula moral.

Combatió toda su vida los estigmas de la desigualdad social, de la discriminación indígena, de la ceguera y la insensibilidad de su medio a la injusticia, al abuso político, a la falsificación histórica.

Entendió como muy pocos la riqueza de la Nueva España, el albor de los primeros mexicanos. Y dio cuenta como nadie de la realidad de los indios, tan marginados como desconocidos en su privación, en su aislamiento, pero también en su riqueza ignorada: cultural, religiosa, mitológica, literaria, vital.

Me consta que el mundo indígena le pagó bien. Le devolvió la vida al menos una vez. Serían los primeros años 80 cuando Fernando entró en un remolino de gastritis, inapetencia, crisis nerviosa y extenuación progresiva.

Perdió poco a poco el mayor de sus dones, la palabra, y en vez de los torrentes rotundos y memorables que eran peculiares de su genio verbal, sus amigos se acostumbraron a oírlo tartamudear, y a que las palabras salieran trabajosamente por su boca, como si escupiera piedras en lugar de las flores de antes.

Un día se despidió de nosotros, los que trabajábamos entonces en el diario unomásuno, diciendo que regresaba con “sus” indios a morir.

Más de uno asumimos la declaración literalmente, porque había en el cuadro del deterioro de Fernando algo efectivamente ominoso, terminal.

Desapareció semanas, quizá meses, no lo recuerdo bien. No supe entonces si fue a echarse en manos de sus huicholes o de sus coras. Me dijo Raúl Padilla este domingo en la FIL de Guadalajara que fue con los huicholes.

El caso es que recuerdo perfectamente su regreso, el regreso de un hombre radicalmente distinto al que se fue, un hombre rejuvenecido varios años, como si lo hubieran lavado y limpiado por dentro y le hubieran devuelto, mejorados, todos sus bienes físicos y mentales.

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