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Con buen sentido, muchos observadores de la involución democrática de México desconfían del uso de la palabra dictadura para describir lo que sucede aquí.

Algunos, como Denise Dresser, sienten mejor descrito lo que nos sucede por el concepto autoritarismo competitivo, acuñado por Steven Levitsky en su reflexión sobre el ascenso de los populismos autoritarios del siglo XXI.

Levitsky dice que hay países cuyo régimen político involuciona hacia la autocracia, pero no ha llegado ahí, porque a sus gobiernos les falta el control del Poder Judicial y el control de los órganos electorales.

Mientras eso no está en manos del gobierno, dice Levitsky, los populismos pueden ser dominantes, incluso avasalladores, pero queda un espacio no dominado por quien manda, un espacio competitivo donde pueden ganar en las urnas la protesta, el contraste, la oposición y la pluralidad, por limitadas que sean.

En sus reflexiones sobre el tema, Levitsky no ha incluido a México entre los países caracterizados por el autoritarismo competitivo.

Supongo que irá añadiendo a su lista los que van derivando hacia allá, aquellos que han desmantelado toda la arquitectura democrática que tenían, pero no han cruzado las rayas que él traza como decisivas: el control del Poder Judicial y el control de los procesos electorales.

Yo he intentado para México una caracterización que procede al revés: reconociendo no solo cómo avanza el régimen autoritario hacia los controles plenos, sino cómo está diseñado y hacia dónde se dirige según su diseño, cuando ya tiene en las manos el poder suficiente para cambiar las leyes que le estorban y quedárselo todo.

Creo que vivimos en México una dictadura germinal, en el sentido de que todo lo que necesita un gobierno para ser una dictadura está ya puesto en las leyes mexicanas, menos una: el control de las elecciones.

Es el paso que le falta al autoritarismo competitivo mexicano para volverse una dictadura: controlar las elecciones, de modo que no puedan perder el gobierno en las urnas.

Es el asunto en que está empeñado el régimen morenista en estos días, la pieza cuyos detalles no conocemos, pero cuya intención sabemos de sobra: quedarse legalmente con todo el poder, ser una dictadura constitucional plenamente germinada.