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A mí me gusta, por lo general, estar en mi casa, viendo alguna película, leyendo, escribiendo —usando gerundios—, en fin. En estos días de confinamiento no ha variado gran cosa la rutina que normalmente hago. Sin embargo, paradójicamente, hay algo que me enoja y que afecta mi salud mental: El encierro a la fuerza. El saber que aunque realizo lo que habitualmente hago, lo tengo que hacer para cumplir una orden. Así de rebelde y anárquica es mi mente, en constante conflicto con la autoridad.

Mentiría yo si dijera que, a pesar del Covid-19, me siento calmado y sereno todo el tiempo. No. Hay momentos en que siento una gran intranquilidad por ignorar lo que prosigue. ¿Subirá la curva que queremos aplanar? ¿Cuántos enfermos más? ¿Cuántos muertos? ¿Cuántos días más de prisión domiciliaria? ¿Se venderán los boletos de la rifa del avión que no es avión?

Me pongo a pensar cómo nos va afectar psicológicamente la pandemia. Cómo va a repercutir en la economía, en la del mundo, en la del país y, por supuesto, en la mía. ¿Inventarán pronto una vacuna? El colmo sería que la inventaran y se aplicara como supositorio.

Me deprime saber que, ahora mismo, existen personas que por prohibirles trabajar no tienen para comer.

Me parece absurdo y me repugna el trato que cierta gentuza —no merecen se les diga personas— le ha dado a las empleadas y a los trabajadores del sector salud. Es inconcebible el grado de ignorancia y odio.

Agradezco el conservar mi colaboración en El Economista, que hace que me sienta útil y que entre dinero a la registradora. Me gustaría seguir con los trabajos que ejerzo en tiempos normales. Me desagradaría que por dejar de desempeñar un trabajo tuviera yo que empeñar algo de valor. Aquí el sustantivo valor está empleado como “cualidad de las cosas, en virtud de la cual por poseerlas se da cierta suma de dinero” y no como la “cualidad de ánimo que mueve a acometer resueltamente grandes peligros”; en ese sentido tengo más miedo que Pinocho en una fogata. Miedo a ser yo uno de los contagiados o a que, cuando termine la pandemia, no me admitan en alguno de mis trabajos dado que ya estoy en la edad de jugar Bingo.

Desde que dejé de fumar —el 28 de febrero cumplí ocho años y 10 kilos— siento mucha hambre, sobretodo por las noches. Durante esta temporada de confinamiento mi hambre ha tenido un incremento exponencial no por el desgaste de calorías sino por la ansiedad. Ahí ando como fantasma goloso, a medianoche, de cacería por la alacena y el refrigerador, en busca de algo que engullir. Esta actividad la realizo de lunes a sábado. Los domingos es día de descanso… del refrigerador, a estas alturas de la semana luce más vacío que la agenda de la secretaria de Gobernación. Son los lunes cuando mi esposa sale a comprar los comestibles protegida al máximo: con guantes, tapabocas y lista de precios autorizados. Ella es la que hace la comida de conformidad con la Convención de Ginebra que establece que todo prisionero tiene derecho a ser alimentado.

Durante el encierro he estado usando pantalones y camisas de una talla mayor, herencia de mi hijo Emilio que es más alto y un poco más grueso que yo. No me he atrevido a ponerme la ropa que me gusta por el sobresalto que puede causarme el que por exceso de grasa ya no me quede. He tenido la tentación de ponerme algún saco o una camisa para ver si todavía me vienen pero prefiero esperarme, tal vez la —posible— futura escasez de alimentos me haga adelgazar.

Pido perdón a los lectores por sólo escribir de mí, pero soy la persona que mejor conozco o, cuando menos, con la que he vivido más tiempo.