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Mi género teatral preferido es, indudablemente, el que se llamó originalmente comedia musical, se asentó para su desarrollo en la ciudad de Nueva York, particularmente en los teatros cercanos a la avenida Broadway, en donde al florecer y por uso continuo quedó reducido a la palabra Musical —pronunciada en inglés— para su nombre.

El Musical es un hijo legítimo del Vodevil, esa inconexa sucesión de actos individuales de comedia, magia, circo y canciones y de la opereta, una vulgarización de la ópera, que a su paso por España adquirió matices de la zarzuela. En todo ese proceso, el vodevil comenzó a adquirir estructuras de narrativa que acabaron contando historias completas, acompañadas de canciones: en 1927 sería Show Boat el primer espectáculo de este nuevo género, con la pareja de Rodgers y Hammerstein como autores.

De los años 40 al día de hoy abundan los nombres; obras que van de My Fair Lady a Chicago, pasando por West Side Story, Jesucristo Superstar o El Fantasma de la Ópera y Los Miserables, por citar algunos. Sin embargo, los amantes del género consideran que la mejor pieza es Anything Goes (Todo se vale) de Cole Porter, estrenada en 1934.

La historia es irrelevante y es una sucesión de situaciones en un barco de Nueva York a Londres, con un romance central y una serie de confusiones. Lo principal, dice la canción central, es que todo se vale: anything goes.
La Copa del Mundo FIFA 2026 parece estar cimentada en ese credo libertario, muy seguramente inspirado por las preferencias sexuales de Porter: se vale de todo.

Desde los años 60, cuando el futbol comenzó a ser un negocio muy popular y por tanto lucrativo, la FIFA se fue consolidando como la institución transnacional más poderosa del mundo, y a la vez la más corrupta. La FIFA tiene más países miembros que la ONU, y presupuestos mayúsculos y lucrativos.

Eso ya lo sabíamos antes de que Gianni Infantino llegara a dirigirla; como era de esperarse, la FIFA actual es mucho más ambiciosa y agresiva en su explotación del deporte en favor de la generación de dinero, por cualquier método. Hace ya más de 20 años el aparato de justicia de los Estados Unidos inició una investigación sobre la corrupción dentro del organismo, que acabó con una docena de sus dirigentes medianos en la cárcel, arrestados precisamente en Suiza, sede de la FIFA, cuando iban a iniciar un congreso.

Todo eso ya lo sabíamos: lo que le faltaba a la FIFA era una dosis de cinismo al más alto nivel de intensidad. La FIFA de Joseph Blatter y João Havelange procuraba esconder sus maniobras ilícitas debajo de una alfombra que pretendía ser decente.

Eso no existe más en la FIFA del suizo políglota y calvo. Aquí todo se vale. Se vale por ejemplo anular la perfectamente legítima expulsión de un jugador de la selección de los Estados Unidos, por la petición-orden expresa de Donald Trump, hecha por la vía telefónica. Se vale inventar un inexistente e injustificado Premio FIFA de la Paz y entregárselo al mismo Trump, para cumplirle un capricho largamente publicitado.

Anything goes. Evasiones fiscales millonarias, imposición de marcas, restricción de menciones incómodas, cambio de nombre de estadios e instituciones, exigencias a los gobiernos locales a costa de sus presupuestos. Todo se vale.

Ya fuimos tres veces sede de una Copa del Mundo de la FIFA. Qué inmenso honor.
Mejor ahí le paramos.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Los reporteros que solían “cubrir” las reuniones de la OTAN, ese organismo militar que integran los países europeos y en donde manda el gobierno de Estados Unidos, dicen que eran tremendamente aburridas.

No “daban nota”.

Es que no conocían a Donald Trump, que anda estrenando el avión que, así nomás, le regaló el gobierno de Qatar.
Nada más llegar a la reunión de la OTAN sacó del cajón de los recuerdos la exigencia de integrar Groenlandia a los Estados Unidos.
Y como dicen en el Conquian, siguen bastos.

Por ejemplo en el combate a los narcopolíticos mexicanos, que en nuestro territorio siguen impunes.

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