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Es absurdo culpar al gobierno de los daños que causan los desastres naturales. Pero hay la voz moderna de los expertos según la cual no hay tal cosa como un “desastre natural”.

Los daños que dejan a su paso los fenómenos de la naturaleza tienen una dimensión humana. La inteligencia y el ingenio humano no pueden evitarlos, pero pueden entenderlos y atenuar sus efectos devastadores.

Los gobiernos no son culpables de los terremotos, de los ciclones, de las inundaciones, de las nevadas o los nacimientos de volcanes que destruyen el territorio de sus países.

Pero son culpables de falta de previsión, de falta de políticas de control de daños, de falta de financiamiento y de mecanismos de atención a los daños de los desastres.

En materia de desastres naturales, los gobiernos son culpables, sobre todo de falta de memoria, de falta de acumulación de inteligencia en la lectura y la atención a las sacudidas de la naturaleza que los cubren de luto.

México no puede predecir su siguiente terremoto, pero tiene una larga memoria de terremotos, de los daños que causan y de cómo atenderlos.

Lo que se ha probado aquí, en esta antigua ciudad de los palacios, es que un riguroso reglamento de construcción será siempre más efectivo contra terremotos que cualquier reacción inmediata y heroica ante la destrucción de un temblor.

Mucho menos complicada es la previsión de las sequías y de los incendios, de las lluvias, de los ciclones, de los desbordamientos y las inundaciones.

Previsibles fueron las furias del ciclón Otis, que destruyó Acapulco, y de las recientes aguas de octubre, que destruyeron 100 mil viviendas en cinco estados de la República.

De las secas y de las aguas, México tiene información y memoria suficiente para prever y adelantarse al daño.

Tenemos información precisa de al menos medio siglo sobre tiempos y lugares recurrentes de riesgo catastrófico por lluvias o sequías. Tenemos información del día con día y del hora con hora sobre lo que hacen las aguas y las secas.

Lo que puede y debe reprocharse al gobierno es su falta de memoria práctica, el hecho de que, sabiendo tanto como sabe de nuestros desastres naturales, actúe tan mal frente a ellos.