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Dice bien Rafael Rojas que no estamos en el riesgo o en la lógica de una guerra mundial, una guerra entre dos bandos, sino en la realidad de varias guerras: Israel contra Gaza, Rusia contra Ucrania, India contra Pakistán, Israel contra Irán.

Mientras escribo estas líneas corren noticias de que, en las siguientes horas, Estados Unidos acompañará a Israel en un bombardeo terminal contra el búnker nuclear iraní, Fordow, enterrado en una montaña que Israel no puede destruir sin la ayuda americana, y donde se dice que es inminente la confección y el uso de una bomba atómica.

Trump ha ordenado a Irán una rendición incondicional y los iraníes han prometido una conflagración que el mundo recordará por siglos.

Los aliados de Irán le han soltado la mano y ese enorme país de 90 millones de habitantes, incapaz ya de defender sus cielos contra incursiones en su contra, se dispone, en la voz de sus ayatolas, a consumirse en la destrucción.

Ni Israel ni Estados Unidos, se plantean la destrucción de Irán, de Teherán, o de sus otras ciudades y territorios, pero sí el de su infraestructura de defensa, de sus comunicaciones, de sus recursos aéreos, de sus redes energéticas y de su régimen político, incluido en este último rubro el asesinato de sus líderes militares, políticos y religiosos.

Todo esto, además de Fordow, la montaña nuclear.

Quizá todo lo anterior esté consumado para el momento en que se lee esta nota, pues si algo queda relativamente claro entre la niebla de esta guerra es que Irán no tiene defensa y sus enemigos pueden actuar con superioridad manifiesta.

Están, por ello, obligados a la contención.

Parece absurdo hablar de contención a estas alturas de una guerra tan bárbara, tan largamente cocinada y, al mismo tiempo, por lo visto en estos días, tan desigual.

Pero la contención del destructor, en medio de la destrucción, es el único espacio posible que puede quedar para una negociación después de las llamas y las bombas.

Para Israel y para Estados Unidos, los costos de sus acciones sobre Irán en el mundo árabe son incalculables. Los riesgos para la paz futura de esa región y del mundo, también.

Sólo la contención del destructor podrá tender puentes sobre el precipicio restante.