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El presidente Andrés Manuel López Obrador terminó 2019 con un alto nivel de aprobación que le da su conexión con la gente. En su segundo año de gobierno será inevitable que los resultados de su gestión tengan más peso en la opinión pública.

En el ámbito económico habrá que crecer para lograr la prosperidad con bienestar que el Presidente ha prometido. “Necesitamos más inversión para que tengamos crecimiento”, como lo dijo en su primera conferencia de prensa del año.

Pese al anuncio de grandes inversiones, del lado del empresariado nacional predomina la cautela. La cancelación del aeropuerto y las definiciones en el sector energético le pegaron a la oferta agregada, además de generar la preocupación de que las reglas del juego puedan cambiarse a discreción.

La percepción del Presidente es distinta. Él considera que la relación con los empresarios es buena y confía en que invertirán. Incluso ya anunció la firma de un acuerdo en materia energética con el sector privado, similar al suscrito recientemente para el desarrollo de infraestructura.

En la lógica del Presidente, los inversionistas tienen la mesa puesta. En el exterior, su gobierno respaldó el libre comercio y la inversión extranjera, al apoyar el TMEC. Internamente ha habido un manejo prudente de las finanzas públicas y respeto a la política monetaria.

En el plano simbólico, ahí está la presencia destacada de importantes empresarios en actos de gobierno. Puede ser que los inversionistas no entiendan o no compartan algunas decisiones; lo cierto es que el Presidente no está en la lógica de la confrontación o la ruptura.

Esta postura prevalecerá si la economía se reactiva. De lo contrario, y si la inversión privada no se ajusta a las expectativas presidenciales, será otro el escenario. El problema es que si las señales que advierte el empresariado tampoco se acoplan a sus propias pretensiones, es previsible que la cautela para invertir prevalezca.

En esta circunstancia —con una economía que no crece y una inversión privada deprimida—, lo que hasta ahora es solo un temor rápidamente podría volverse realidad: que se desate un juego de culpas entre el sector privado y el gobierno que termine por llevarlos a la confrontación.