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Con el título “Tras los pasos de López”, Rodrigo Negrete, un economista que piensa por fuera de la economía, ha publicado una audaz hipótesis sobre el linaje histórico del discurso de López Obrador.

Negrete toca una fibra cercana a mi creencia de que los hechos políticos, pese a la rapidez con que se suceden ante nuestros ojos, portan en su fugacidad una sombra de larga duración, una matriz de ideas y costumbres que cambian lentamente y vuelven cada vez, bajo nuevos ropajes, a librar las batallas de la hora, del presente.

Es una vieja idea que está en Tocqueville y en Braudel, y que yo he tratado de leer o extender a nuestra historia política en Nocturno de la democracia mexicana (Debate, Random, 2018).

Mi idea es que López Obrador actúa a su manera el papel del hombre providencial que nuestra historia entregó a caudillos decimonónicos, como Santa Anna, y a presidentes todopoderosos, como Porfirio Díaz, y como los presidentes del PRI.

Negrete ha observado en el discurso de López Obrador la pervivencia de una antigua dicotomía de la oratoria y de las maneras políticas de México: las que opusieron en nuestra historia los estilos del alto y el bajo clero.

Muy temprano y muy profundamente se instalaron en la vida religiosa y política de la Nueva España los dos estilos: el del alto clero de las jerarquías y los palacios, y el del bajo clero de las comunidades y los atrios parroquiales.

“El alto clero es distante y privilegia la disciplina”, dice Negrete. “Está hecho para dialogar con las élites y administrar una pesada estructura institucional. Quién eres y de dónde vienes abre o cierra puertas. Habilidades como la diplomacia, la capacidad de negociación y la persuasión en corto se aprecian particularmente. La plaza pública le importa solo para el despliegue ritual”.

Por el contrario, el bajo clero “está en contacto con el pueblo menesteroso, lo conoce, sabe hablarle y es un pez en el agua en la plaza pública. En sus dominios se incuban dos pasiones poderosas y complementarias; la compasión y el resentimiento.”.

Vivimos, dice Negrete, en la “era zodiacal” del discurso del bajo clero.

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