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El pasado fin de semana ocurrió algo que Morena no debería minimizar. Andrés Manuel López Beltrán, “Andy”, secretario de Organización del partido, llegó a Chihuahua para participar en la movilización contra la gobernadora Maru Campos y fue recibido entre gritos, empujones y consignas de “¡Fuera Morena!”.

La escena fue incómoda, pero también profundamente reveladora.

No me interesa entrar a la discusión de si hubo provocadores o sabotaje político. Lo verdaderamente importante es lo que el episodio exhibe: Morena mostró fallas de operación en un terreno que se supone domina. Y eso coloca inevitablemente la mirada sobre quien tiene la responsabilidad de organizar, prever y blindar políticamente ese tipo de eventos.

Porque un secretario de Organización no está para acompañar marchas; está para anticipar escenarios. Debió haber operadores trabajando días antes, lectura política del ambiente, control territorial y capacidad de reacción. Si eso existió, no funcionó. Y cuando un partido que presume músculo territorial falla precisamente en eso, el problema deja de ser anecdótico.

Pero el fondo del asunto va mucho más allá de Chihuahua.

La pregunta que comienza a crecer dentro y fuera de Morena ya no gira únicamente alrededor de Andy. Es sobre la presencia de la familia López Beltrán en la vida pública y cómo afecta al movimiento. Veamos.

José Ramón López Beltrán se convirtió en símbolo involuntario de una contradicción que la oposición no ha dejado de explotar: mientras la 4T construyó buena parte de su narrativa alrededor de la austeridad republicana y la “pobreza franciscana”, las imágenes de viajes, ropa de lujo y estilos de vida acomodados golpearon directamente el discurso moral del movimiento. Legalmente podrá no existir delito alguno. Políticamente, el daño es evidente.

Bobby, por su parte, tampoco ha logrado desprenderse de los señalamientos relacionados con contratos y negocios ligados al Tren Maya. Otra vez: una cosa es la responsabilidad jurídica y otra la erosión política permanente que generan las sospechas.

Y ahí aparece el verdadero dilema para Morena.

La 4T nació como un movimiento profundamente personalista, construido alrededor del liderazgo, el carisma y la narrativa de Andrés Manuel López Obrador. Eso le permitió conquistar el poder y mantenerse electoralmente dominante. Pero los movimientos basados casi exclusivamente en la figura de un líder suelen enfrentar el mismo problema tarde o temprano: les cuesta institucionalizarse.

Morena sigue orbitando alrededor de AMLO incluso después de haber dejado la Presidencia. Desde Palenque, su figura continúa siendo el centro de gravedad del movimiento. Y si realmente interviene —como muchos afirman— para proteger políticamente a ciertos personajes cuestionados, entonces el problema ya no es de liderazgo moral, sino de dependencia estructural.

Porque una cosa es conservar autoridad histórica y otra muy distinta impedir que el movimiento aprenda a caminar solo.

Claudia Sheinbaum enfrenta justamente ese desafío: gobernar con el enorme respaldo político que le heredó López Obrador, pero sin quedar atrapada permanentemente bajo su sombra. Y Morena, como partido, enfrenta un desafío aún más complejo: decidir si quiere convertirse en una fuerza institucional madura o permanecer como una extensión política y emocional de una sola familia.

El problema para la 4T no son únicamente las críticas de la oposición. El verdadero riesgo es la percepción pública de que el movimiento que prometió acabar con los privilegios terminó construyendo sus propios círculos de poder y protección.

Porque los liderazgos carismáticos pueden fundar movimientos. Pero solo las instituciones sólidas logran sobrevivirles.

Y esa es la pregunta que Morena ya no puede seguir esquivando.

¿AMLO y su familia siguen sumando a la consolidación de la 4T… o comienzan a convertirse en su lastre más incómodo.

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