AMLO, necesita un avión


manuel-ajenjo1

Manuel AjenjoEl Privilegio de Opinar

Sin importar la promesa de campaña de deshacerse del lujoso avión presidencial —que ni Obama lo tiene—, el presidente electo Andrés Manuel López Obrador debe recular en el asunto y, si bien, no quedarse con la lujosa nave, sí hacerse de un transporte aéreo eficiente y digno, ya no por comodidad, sino para poder cumplir con eficacia su labor como primer mandatario.

Sin importar la promesa de campaña de deshacerse del lujoso avión presidencial —que ni Obama lo tiene—, el presidente electo Andrés Manuel López Obrador debe recular en el asunto y, si bien, no quedarse con la lujosa nave, sí hacerse de un transporte aéreo eficiente y digno, ya no por comodidad, sino para poder cumplir con eficacia su labor como primer mandatario.

No ignoro que hace apenas tres días el tabasqueño confirmó que ya ha recibido una oferta de una compañía que quiere comprar los aviones y helicópteros que pertenecen al Gobierno mexicano. En esa ocasión declaró que el dinero de las ventas se destinará al “desarrollo social”.

El nuevo avión presidencial fue adquirido en la administración del presidente Felipe Calderón con un costo total, incluidos adecuaciones de estructura y equipamiento de cabina, de 218.7 millones de dólares. La aeronave llegó al país en febrero del 2016, durante el gobierno del que hoy ya bajó la cortina o, dicho de otra forma, del que en la actualidad ya está bailando las calmadas: Enrique Peña Nieto.

No me extenderé en el costo beneficio y características del vehículo aéreo destinado a la Presidencia, así como su forma de financiamiento a través de Banobras, porque ése no es el tema de mi columna. Sólo informaré que según el diagnóstico de Ascend Flightglobal Consultancy, una empresa internacional especializada en el asesoramiento para la compra y venta de aviones, la precitada aeronave presidencial podría venderse, en la actualidad, en 142.4 millones de dólares para uso privado, 76 millones de dólares más barata que lo que costó. También cabe la posibilidad de vender la aeronave para uso comercial en 81.6 millones de dólares, 137 millones menos de su valor original.

Ahora bien, supongamos que ya como presidente López Obrador implementa una consulta popular para saber si la sociedad quiere que se efectúe otra consulta popular para saber si es conveniente vender la mentada aeronave y la respuesta en ambas consultas fuera positiva. Es decir, que el deseo de austeridad del Ejecutivo se impusiera y éste se quedara sin avión. Entonces se produciría lo que antes de ayer (martes) sucedió: Muy temprano, 6:30 de la mañana, dos horas antes de la partida del vuelo nacional, como ordenan los preceptos de la aviación comercial, Andrés Manuel se presentó en la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional Benito Juárez, para dirigirse a Monterrey. Desde su llegada al lugar y hasta abordar el avión quiso desayunar algo. Pidió una torta de lomo y un café. Lo descubrieron los cazadores de selfies y los complació de tal forma que no pudo comer ni beber nada. Torta y café los pidió para llevar.

De lo anterior surgen, cuando menos, dos reflexiones. Primera: dos horas de espera en la ida y dos en el regreso son (o serán) un valioso tiempo presidencial dilapidado. Segunda: el Primer Mandatario de la Nación no puede, por muy popular y complaciente que sea, andarse tomando fotografías junto al primero que se lo pida.  ¿Qué tal una fotografía con un futuro ‘capo’ del crimen organizado?

En una ocasión, al referirse a su negativa a usar el llamado avión presidencial, porque el abordarlo lo consideraba un insulto para los mexicanos, la periodista Adriana Pérez Cañedo le preguntó: “¿Imagínate que vayas a Nueva York, a la ONU, y no llegas porque el avión se retrasó tres o cuatro horas?”. “Pues no llegué y ya”, expresó el que tomará posesión de la Máxima Magistratura del país el próximo primero de diciembre. La respuesta del candidato fue una ocurrencia, pero si eso hiciera ya como presidente sería una falta de respeto a nuestro país y a su participación en el concierto de las naciones.

¿Y qué tal tener que volar de urgencia al sureste del país donde ocurrió una desgracia natural en la que se requiere su presencia y la de sus colaboradores adecuados? ¿Qué harían, esperar a que hubiera un vuelo comercial y luego a saber si hubiera lugar para todos? Como que no va.

Por supuesto que como ciudadano estoy en contra de que los vehículos y aeronaves gubernamentales se usen para que las señoras vayan de compras, pasear con la familia o con la novia (recordemos el famoso “helicóptero del amor” del gobernador panista de Morelos, Sergio Estrada Cajigal). Pero de eso a perder, en esperas innecesarias, el valioso tiempo presidencial y exponer la seguridad del mandatario hay una gran diferencia.

¿Por qué no pedir en comodato las aeronaves que sean necesarias y que la PGR ha confiscado a los narcotraficantes? Negar que el transporte aéreo libre de horarios no es inevitable para algunos funcionarios y para determinadas ocasiones es demagogia.

La anécdota del martes de López Obrador pidiendo una torta para llevar y dejándose ver en el aeropuerto me recordó a la novela de Enrique Jardiel Poncela, La Tournée de Dios, en la que el Creador visita Madrid y, como cualquier ciudadano, viaja en tranvía, va a los cafés y apuesta a los galgos. A los 16 días su estancia se vuelve monótona y aburrida para los madrileños. Un reportero le ofrece al director de su periódico: Voy a hacer un artículo sobre Dios, porque me han dicho que… El director contesta: -Será mejor que elija usted otro tema para su artículo, querido Menéndez. Por ejemplo, esos casos de tifus que ha habido en Logroño. Dios no es un tema de actualidad.