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Si alguien quiere entender el origen de los grupos violentos que son ya parte habitual de marchas no violentas en nuestras calles, debe leer la pieza de Carlos Illades: “El fuego y la estopa. El anarquismo insurreccional en México”, que publicará Nexos en su edición de diciembre.

Advierte Illades: “Pensar en los integrantes de estos grupos anarquistas como jóvenes rijosos, porros, desadaptados, lumpen o ‘conservadores’, no sólo oscurece la comprensión de la violencia social, sino también minimiza su dimensión”.

Los grupos violentxs que vemos en las manifestaciones, vestidxs de negro y encapuchadxs son la estría mexicana de una fractura global, que remonta su lucha contra lo establecido a los linajes históricos del anarquismo, pero que toma su forma actual en las protestas altermundistas de fines del siglo pasado y, en este siglo, en fechas como la reunión del G8 en Zurich , la Tercera Cumbre de las Américas, el movimiento Occupy Oakland, la Primavera Árabe, las protestas griega e italiana contra la austeridad post 2008, la asunción de Peña Nieto en 2012 y las movilizaciones de Río de Janeiro y Sao Paulo en 2013.

En todas esas jornadas estuvo presente el bloque negro: “grupos de afinidad” que se integran en una federación global, “difusa y horizontal”, anarquista, precisa Illades, “en la medida en que están por la destrucción del Estado y el capital, contra la explotación del hombre por el hombre y de éste con respecto a la naturaleza”.

Hablamos de una internacional anarquista de bloques negros, esos que han aparecido en Santiago, Bogotá y México, y probablemente en Hong Kong.

Algunas redes anarquistas mexicanas: Células Autónomas de Inmediata Revolución Praxedis G. Guerrero, Frente de Liberación Animal/Frente de Liberación de la Tierra, Individualistas Tendiendo a lo Salvaje.

Las mujeres de México han organizado sus propios núcleos anarquistas contra la violencia de género, como el Comando Femenino Informal de Acción Antiautoritaria.

Hay 50 células de anarquistas insurreccionales contadas por el antiguo Cisen. Su rasgo común, dice Illades, es un “anarquismo sin utopía” que “se consuma en la acción directa, donde cada cosa dañada o policía fuera de combate, son el fin, el objetivo último de un presente desprovisto de horizonte”.