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Soy de los que creen que el nuevo modelo educativo de México es un proyecto extraordinario. Me gustan sus aterrizajes en el ámbito de las capacidades emocionales de los educandos, su énfasis en aprender a aprender y en la escuela como la entidad clave del proceso, el espacio que puede hacer la diferencia entre educar y no educar, aprender o no aprender.

Creo que la sociedad y el gobierno podrían, deberían, acompañar este modelo nuevo, con un modelo nuevo también de comunicación pública de parte de los educadores informales: padres, líderes políticos y económicos, sociales y religiosos, medios de comunicación y el gobierno.

En el curso de una comida en muchos sentidos inolvidable, un escritor católico, al que admiro y respecto, dijo que no había escuchado nunca en un púlpito católico a un cura que dijera: no pequen con las drogas, no consuman, no vendan, no maten.

No lo hemos escuchado tampoco, tal cual, del gobierno, de los medios, de los maestros del país, de los empresarios.

Todos tienen un púlpito en el que predican lo que legítimamente les interesa a ellos: conservar a sus fieles, a sus consumidores, a sus votantes. No lo que les interesa a todos.

No hay en los medios, en los presupuestos multimillonarios que pagan mensajes en ellos, nada que se parezca al interés colectivo, al bienestar común. Todo es “compra este producto”, “usa este jabón”, “compra este refresco”, “vota por mí en las elecciones”.

No hay: “cumple la ley”, “educa a tus hijos”, “respeta los derechos de los demás”, “ahorra agua y energía”, “mantén limpia tu calle”, “no abuses de niños y mujeres”, “no robes”, “no secuestres”, “no mates”.

Estos mensajes elementales de buena conducta no están en los medios, no son parte del sonido de nuestra sociedad, de nuestra pedagogía pública ambiental.

Es obvio que millones de ciudadanos la necesitan. Porque millones hacen todos los días cosas contrarias a lo que deben hacer para mejorar su propia vida, y la vida de quienes les rodean, empezando por quienes más quieren.

La pedagogía que intentemos desde la escuela será siempre coja mientras no la complete una pedagogía ambiental, colectiva, socializada a través de los medios y pagada, impulsada, sostenida por el gobierno y por la sociedad.

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