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Un crespón negro resalta en las fachadas de los edificios de las empresas de Grupo Bal, en señal de luto por Alberto Bailleres González. Lo mismo en el centro comercial de Polanco que en la Plaza México y por supuesto en la casona de Río Hondo y el antiguo seminario, actual sede del Instituto Tecnológico Autónomo de México.

Bailleres estudió economía en el ITAM —la escuela creada por su padre— y trabajó en Bancomer. Entonces iba de Serapio Rendón al centro histórico. El primer egresado de esa licenciatura fue Gustavo Petriccoli, quien llevó a las siguientes generaciones de economistas formados en esas aulas al aparato hacendario de la República.

Han pasado cuatro décadas desde entonces. La educación superior “libre” —así les gustaba distinguirse de la autonomía presumida por las universidades públicas— ha prestado a muchos de sus mejores hombres para la Función Pública. Del ITAM, empero, ningún estudiante de licenciatura ha salido para la Presidencia de la República.

Ernesto Cordero pudo ser el primero, pero el PAN no consintió el proyecto transexenal de Calderón Hinojosa. Y José Antonio Meade, en el sexenio anterior, alcanzó la candidatura presidencial de la Alianza por México pero careció del respaldo del establishment partidista.

Cordero y Meade forman parte de la generación de tecnócratas formada por Pedro Aspe y Javier Beristáin, hace 30 años. El economista encarnaba mejor las cualidades que prohijaron los fundadores del ITAM. Descendiente de una familia de funcionarios hacendarios y sin involucrarse demasiado en la representación estudiantil estuvo en el epicentro de un grupo de jóvenes que —ávidos de relacionarse con la clase gobernante— dedicaba el poco tiempo que les quedaba libre para discutir sobre el rumbo del país.

A menudo, Meade era anfitrión de esa cofradía, que tenía entre sus integrantes destacados a dos hijos del expresidente Miguel de la Madrid —Enrique y Federico—, además de Luis Antonio Ramírez y Bernardo Vázquez Colmenares, descendientes de destacados políticos oaxaqueños.

En las cenas en la casona de La Amargura, en San Ángel, los viajes a Huatulco o las encerronas en la finca de Pepe Yunes, en Orizaba, el grupo estrechó lazos, sumó adeptos y tuvo al sempiterno Augusto Gómez Villanueva como su principal enlace con la cúpula priista.

Entre el ITAM y los posgrados en el extranjero —casi todos con becas facilitadas por el gobierno mexicano— estos jóvenes mantuvieron sus vínculos. Algunos se reencontraron en la Financiera Rural y Bansefi, a mediados del sexenio foxista. Otros, en el IFE que los elbistas colonizaron a través de Luis Carlos Ugalde, quien en los años que pasó en Washington D.C. como secretario particular de Jesús Reyes-Heroles, se convirtió en uno de los líderes de esa generación.

A los órganos autónomos —esa pléyade burocrática que nació en el foxismo— ya habían llegado los itamitas con Emilio Zebadúa como consejero electoral. Ugalde Ramírez incluyó en su staff a egresados del Colmex (Eduardo Guerrero Gutiérrez y Marco Antonio Mena) y del ITAM, entre quienes destacaban —por su cercanía al presidente consejero— Ana Vásquez Colmenares y los hermanos Alfredo y Alejandro Ríos Camarena, hijos del polémico exfuncionario echeverrista.

El triunfo de Felipe Calderón, en el 2006, fortaleció a otro grupo de itamitas, entre quienes destacaba Jaime González Aguadé, quien fue director adjunto de Banrural y se quedó a cargo de los programas y operaciones de la Financiera cuando Meade se convirtió en su primer director, por designios de Agustín Carstens.