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De un tiempo a la fecha, con datos de una casa encuestadora foránea, el presidente de la República presume estar en el Top 3 de los mandatarios más aprobados del mundo. A la luz del resultado de las elecciones de medio término, de las exit polls y de las encuestas locales, habría evidencia que cambiaría esa percepción.

La opinión pública es dúctil. Y más, en tiempos de contingencia sanitaria y crisis económica. Ayer, en un foro virtual para hacer un balance postelectoral, Ulises Beltrán mostró otros datos sobre la satisfacción de los mexicanos respecto de la democracia. Los antecedentes están en la Encuesta Nacional de Cultura Cívica del INEGI, del 2020, y el Latinobarómetro.

La Encuci estimó que 52.7% de la población de 15 años y más manifestó sentirse satisfecha con la democracia que se vive en el país. Un año después, relevó el director de BGC, 67% de los mexicanos se expresó poco o nada satisfechos con la democracia en el país.

La percepción de que una ola de satisfacción con la democracia electoral, generada en el 2018, se ha diluido. Desde el 2000, cuando sucedió la alternancia en el poder, los partidos políticos han trascendido del aprecio al descontento popular. Luego de dos décadas —de acuerdo a la interpretación del Estudio Nacional Electoral de México CIDE-CSES que ayer presentó Beltrán— ha regresado la sospecha sobre la limpieza de los procesos electorales. Y la personalización de la política es una de las determinantes de esta involución.

El combate a la corrupción es la política pública más valorada por los electores, detectó Francisco Abundis, de Parametría, en su exit poll. En sus mediciones más recientes, 73% de los mexicanos está de acuerdo con las decisiones del Ejecutivo federal.

Con sus propias mediciones, Alejandro Moreno, expresidente de WAPOR y director de investigación de El Financiero propuso en ese foro redefinir la aprobación presidencial en tiempos de la Cuarta Transformación. La evaluación ciudadana sobre el desempeño del primer mandatario es un factor, pero también —a su juicio— hay “componentes identitarios”, entre la empatía y la tribalización de la política mexicana.

Después de dos décadas ininterrumpidas, siempre con el patrocinio de la autoridad electoral, los encuestadores acuden a un foro para hacer un corte caja sobre el resultado electoral. Por la pandemia, la cita no fue en Sumiya —donde tradicionalmente ocurrían esas vacaciones pagadas— sino a través de las Zoom, pero al paso del tiempo, se mantienen los retos de antaño. “La racionalidad, la objetividad y la precisión” son los criterios que deben cumplir los buenos encuestadores, definió Guido Lara, de Lexia. Enfrente están las fake news, la mala leche y las encuestas patito.

Y en un contexto de polarización, complementó Claudio Flores Thomas, de Altazor Intelligence, los buenos encuestadores han fallado al crear una “narrativa atractiva”, ante la posverdad y las noticias falsas —según la postura de los barones de esta industria— que en los pronósticos de las preferencias electorales se presentan en las push polls y las robocalls. La competencia patito ha minado su credibilidad, y también los jugadores oportunistas que disfrazan propaganda electoral como encuestas.

Más allá de la guerra de las encuestas, insistió Lara, los medios y otros actores juegan con los datos de los encuestadores. ¡Pobrecitos!

Efectos secundarios
DESORDENES. La actual directiva del Banco de Bienestar, encabezada por Diana Álvarez Maury, había contratado el suministro de hasta 5,400 impresoras multifuncionales para sus oficinas centrales y las nuevas sucursales de esa entidad financiera, prioridad de la administración federal. La primer remesa de los equipos simplemente no llegó, lo que debería derivar — por lo menos— en una penalidad, de acuerdo a las condiciones del contrato firmado entre la Secretaría de la Defensa Nacional y el proveedor, Industrias Sandoval, que representa a la firma Lexmark en México.

DESAFORADO. Blanco de las críticas de la bancada cuatroteísta en San Lázaro se ha convertido el diputado panista Jorge Triana, por su actitud contestataria. Y es que lo mismo llama a las personas “bienes semovientes”, que “regenta” a la jefa de gobierno Claudia Sheinbaum o “changoleón legislativo” al petista Gerardo Fernández Noroña, con quien estuvo a punto de liarse a golpes el pasado martes 26 durante la comparecencia del director general de la CFE, Manuel Bartlett, ante comisiones unidas durante la glosa del Tercer Informe. Ese estilo personalísimo de hacer política también ha escandalizado a la cúpula panista.