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“Al diablo con sus instituciones”, dijo en 2005 Andrés Manuel López Obrador, en su discurso ante el Congreso que pretendía desaforarlo en su calidad de jefe de Gobierno de la Ciudad de México.

Había violado un amparo, igual que tantas otras autoridades de la época, pero con él hubo el intento de someterlo a un proceso penal para impedir su candidatura presidencial en 2006.

Para juzgarlo en los tribunales debían primero quitarle el fuero como jefe de Gobierno de la Ciudad de México.

Lejos de disminuir su popularidad, el intento de desafuero la multiplicó. Sabiéndose poseedor de un vivo apoyo en la opinión pública, la cual tolera los errores, pero repudia los abusos, López Obrador dijo: “Al diablo con sus instituciones”.

La frase tuvo entonces el carácter de una denuncia flamígera, de una protesta justa. Tiene hoy la forma de un proyecto de gobierno. Su espíritu preside el esfuerzo fundamental del nuevo gobierno, nada menos que sustituir el orden institucional vigente por otro de su propia inspiración.

Este es uno de los propósitos rectores del huracán de cambios legales, institucionales y presupuestales que ha echado sobre la República el gobierno que se proclama autor de lo que será la “Cuarta Transformación”, siendo la primera la Independencia, luego la Reforma y luego la Revolución.

La consistencia del propósito es innegable, pero sus resultados son inciertos.

En su número de septiembre, que empezó a circular ayer, la revista Nexos ofrece un primer balance del estado que guarda la transformación anunciada por el presidente López Obrador.

Nueve autores revisan ahí, en ensayos sucesivos, el proceso de disminución de instituciones, los perfiles de la política presupuestal, el alcance de los nuevos programas sociales, los cambios anunciados en los ámbitos de la economía, la electricidad, el petróleo, la seguridad, la educación y la salud.

El balance tiene rasgos indiscutibles de un cambio radical, pero no prometedor. Lo destruido hasta hoy es más que lo construido, los daños son más claros que los beneficios.

Para seguir con la metáfora: muchas instituciones se están yendo al diablo, sin que aparezca todavía la transformación prometida.