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Esta es la última columna que publicaré este año en este espacio. Volveré el 8 de enero del siguiente.

El país cierra el año bañado en sangre, más violento e impune que en ningún momento que yo recuerde.

El gobierno ha decidido no mirar hacia la violencia que prometió erradicar, sino mirarse a sí mismo en el espejo de sus obras sin terminar, una de las cuales, el Tren Maya, el Presidente comparó con la llegada del hombre a la luna.

El delirio de los logros no significa descontrol de la política de continuidad que el Presidente conduce, rumbo a una elección de Estado que empieza por una gigantesca disparidad de dinero y poder en la contienda, y cierra el año con un debilitamiento, parecido a la captura, del árbitro electoral, tanto en su vertiente organizativa, el INE, como en su vertiente judicial, el TEPJF.

El proyecto de ganar las elecciones para suprimir los contrapesos de la vida política mexicana y volverla dictatorial, no requiere interpretación: está en el discurso presidencial de todos los días. Y en los discursos de la candidata presidencial oficialista.

Otra cosa es que puedan conseguirlo. Pero, tanto por sus palabras como por sus actos, creo que no hay espacio a la duda respecto de la intención de duplicar la dosis de autoritarismo y concentración de poder que hemos vivido estos años, bajo el presidente López Obrador.

En el proyecto de continuidad están apostados el gobierno y su candidata, y en esa apuesta llevan la debilidad.

Porque más de lo mismo por seis años quiere decir más Estado clientelar, y más dinero para los programas sociales, lo cual está bien aunque estaría al alcance de cualquier gobierno. Pero quiere decir también más violencia, más polarización, más discordia y más exclusión de todo lo que ha sido expulsado, estigmatizado o destruido por la llamada Cuarta Transformación.

Las cuentas de la realidad son muy distintas de las cuentas del delirio autoritario y de su propósito de imponerse a toda costa. Serán cuentas reales para el siguiente gobierno, más allá de los discursos y de la ortopedia electoral del 24.

Entre todas las cuentas pendientes, quizá la mayor acabe siendo la del país bañado en sangre que nos deja el año que se va.