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Cito del libro de Marcela Turati: San Fernando: última parada (Aguilar, 2023).

“El 31 de marzo de 2010, a las seis de la mañana, entran Los Zetas a sangre y fuego a San Fernando. La gente vio pasar como 20 camionetas. Hicieron correr a ministeriales y policías. Dispararon más de 30 mil tiros”.

“Los comandantes mandamases locales no eran mayores a los 32 años de edad y eran conocidos por sus apodos: El Guache, El Kilo, El Perro, El Coyote”.

“A cada comandante se le dio libertad para decidir quién debía morir y quién sobrevivía”.

“La desaparición de personas se convirtió en una forma de castigo. Como ejemplo. Para que todo el mundo aprendiera la lección, para que nadie imaginara siquiera romper la disciplina impuesta. Para instalar el terror”.

“Había espías en cada esquina, ellos tenían mucha gente”.

“En la colonia se oía el gritadero de la gente en las tardes. Subíamos la tele para no oír”.

“Los trasladaban rumbo a Los Bueyes, ahí los asesinaban. A unos los ponían a matarse con mazos.

El Kilo era aficionado a las peleas callejeras y, si había 10 gentes, les daba mazos y les decía: ‘¿Quieren la libertad? El que quede vivo va a trabajar con nosotros’”.

“Nos subieron a una camioneta Van, nos iban poniendo una funda en la cabeza. Oí a uno de ellos gritando: ‘¿A cuál voy a matar primero?’, ‘¡Ya quiero matar, no aguanto más!’”.

“Muchos niños querían tener armas, novias, ser como ellos. Incluso había estudiantes que amenazaban a sus maestros con levantarlos si no los pasaban de año”.

“Se llevaban a niños de 11 y 12 años a ver si aguantaban lo que ellos hacían y, si aguantaban, los conducían a El Arenal para que vieran cómo mataban, violaban, hacían muchas cosas”.

“Tomaron mujeres por la fuerza, y reclutaron a otras. Muchas jóvenes se unieron a Los Zetas como soldaderas, cuidaban a los comandantes, eran sus parejas, llegaron a ser jefas”.

“La mayoría del tiempo estaban en su mundo, drogados. Pasaban 10 o 15 camionetas, sus estacas, llevaban a gente secuestrada —exhibiéndola en las camionetas, amarrada, parada—, nadie denunciaba por temor”.