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Dice el ex presidente Peña Nieto:

“La verdad de las cosas es que la elección (de 2018) ya la tenía ganada López Obrador. Muchos me recriminan, porque querían que evitara a toda costa que ganara, pero ¿qué querían que hiciera?” (En Mario Maldonado: Confesiones desde el exilio: EPN).

Le respondo al ex presidente.

Muchos hubiéramos querido que no interviniera en la elección de 2018, como intervino. Que no le hubiera inventado un delito al candidato del PAN/PRD y MC, Ricardo Anaya, como se lo inventó desde la Procuraduría.

La invención de ese delito detuvo el avance que Anaya iba teniendo como candidato. Un avance, registrado en las encuestas de la época, que no le hubiera alcanzado a Anaya para ganar la elección, pero le habría dado a López Obrador una victoria menos contundente, no por el 53% con que ganó.

Muchos hubiéramos querido eso: que el Peña presidente no inventara delitos contra un candidato para favorecer a otro.

Pero Peña inventó ese delito. Tanto, que, en el último mes de su gobierno, la misma Procuraduría reconoció, oficialmente, que no había fundamento para acusar a Anaya.

Algunos habríamos querido, también, que Peña hubiera tenido valor político y responsabilidad institucional suficientes como para no salir corriendo de la escena pública en cuanto pasaron las elecciones de julio; que no se hubiera puesto de inmediato, como presidente en funciones, bajo las espuelas del presidente electo.

Por simple dignidad presidencial.

Habríamos querido que Peña se mantuviera en el puesto el tiempo que le tocaba , y que defendiera algunas de las cosas de su gobierno que su sucesor dinamitó antes de tomar posesión.

Por ejemplo, el Nuevo Aeropuerto Internacional de México, una de las obras grandes que llevaba adelantada el pequeño presidente que resultó ser Peña Nieto.

¿Qué queríamos que hiciera? Pues al menos que no hiciera estas dos cosas:

Intervenir ilegalmente en las elecciones, como intervino, y entregar a la destrucción anticipada las cosas defendibles de su gobierno, a cambio de la inmunidad que le fue prometida, y cumplida, para tener la vida impune y cínica que tuvo en España.

Hubiéramos querido legalidad y valor, en vez de complicidad y miedo con su sucesor.