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Del sainete político neolonés no quiero comentar el desorden sino que se ordenó. No quiero hablar de los políticos querellados, empezando por el gobernador Samuel García, sino del factor que despejó sus querellas.

Ese factor fue La Ley.

Se ha dicho, para denunciar delitos o irresponsabilidades del gobierno: “Fue El Estado”.

Podemos decir hoy de Nuevo León, con un toque optimista hacia el futuro: “Fue La Ley”.

Fue La Ley la que puso orden en el tiradero que se traen los políticos neoloneses.

Los hechos son estos:

Un gobernador en funciones pidió licencia por seis meses porque quería hacer campaña como candidato presidencial. Pero quería también que el Congreso le nombrara un gobernador interino afín, de modo que, cuando perdiera la contienda presidencial, pudiera volver tranquilo a su sillón de gobernador.

El Congreso, donde la mayoría es de la oposición al gobernador y también juega en la carrera presidencial, le nombró un interino adverso.

Cuando vio al interino nombrado por el Congreso, el gobernador, ya con licencia, se olvidó de la candidatura presidencial y quiso volver a la gubernatura.

Pero ya no tenía ese puesto, ya era un gobernador con licencia. Actuó, sin embargo, como si gobernara todavía, tomó decisiones locas, nombró sustituto a su secretario de Gobierno y aceptó una especie de asalto de sus partidarios al Congreso para que éste revocara su nombramiento.

Por un momento hubo en Nuevo León tres gobernadores.

Quien ordenó ese trivial y magnífico desorden fue la Suprema Corte, con un dictamen seco que le dio la razón al Congreso local y a su gobernador interino nombrado.

¿Por qué? Porque así lo decían las leyes de México y de Nuevo León. Porque eso dice La Ley.

Ayer, lunes, el gobernador con licencia, Samuel García, ciñéndose finalmente a las formas de la ley, pidió al Congreso que revocara su licencia y le devolviera el puesto. El Congreso recibió su petición y el mismo día le devolvió lo que pedía, porque era su derecho.

Fue La Ley, esa de cuya existencia se burla el Presidente, la que arregló la querella de Nuevo León. La misma Ley, decimos otros, cuyo seguimiento puede arreglar las querellas de nuestra República.