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Varios mitos cayeron por tierra con el fracaso de Estados Unidos en Afganistán, con su retirada caótica del país que querían reinventar, que ocuparon militarmente 20 años, en el que invirtieron un trillón de dólares y del que salieron emitiendo señales de dramática ignorancia, como que el presidente Biden creyera que el ejército afgano de 300 mil hombres, financiado con 83 mil millones de dólares, iba a resistir al menos 18 meses.

El mito mayor caído es el que guio la invasión misma de Afganistán y de Irak: la pretensión de intervenir militarmente en esos países para crear nuevos Estados, nuevos ejércitos, nuevas instituciones. En realidad: nuevas naciones, a imagen y semejanza de Occidente.

Por lo menos dos grandes escritores sabían desde hace mucho que tal pretensión civilizatoria es no solo imposible sino catastrófica. Uno, Rudyard Kipling, quien desplegó en El hombre que sería rey (1885) la pequeña metáfora perfecta, terrorífica, de la impenetrabilidad para Occidente del mundo que empieza en las montañas afganas.

Kipling produjo la historia de dos soldados ingleses decididos a hacerse reyes de un territorio ficticio llamado Kafiristán, situado al norte de Afganistán, del cual, en efecto, llegaron a ser reyes por una confusión cosmogónica de los kafiristaníes, quienes los reconocieron como dioses, y los obedecieron como a tales, hasta que la mordida de una mujer hizo sangrar a uno de los aventureros, desmintiendo así su condición divina y derrumbando su imperio. (Hay película: John Huston, 1975).

El otro escritor que exhibió con lucidez la fantasía de rehacer países fue Graham Green en The Quiet American, la historia de un brillante agente de la CIA, más inteligente que los hechos, empeñado en equilibrar el desbalance militar que dejaría en Indochina la derrota de los franceses. ( Hay película: Phillip Noyce, 2002).

En ese personaje, cegado tanto por sus teorías como por sus buenas intenciones, Green encarnó el espíritu del creciente intervencionismo americano en Vietnam, hasta su derrota en 1975, con 54 mil estadunidenses muertos y una ignominiosa salida de Saigón, cuyas imágenes volvieron a la vida en estos días colgadas de sus dramáticos paralelismos visuales con la salida de Kabul.