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En Badiraguato, Sinaloa, cuna real y simbólica del narco mexicano, durante su quinta gira a ese lugar en su gobierno, el presidente López Obrador acabó de explicar por qué no fue a Acapulco cuando Acapulco más lo necesitaba.

Porque ir al Acapulco siniestrado por el huracán Otis, dijo, hubiera puesto en riesgo su investidura presidencial.

¿Por qué? Porque, en medio del pueblo que lo ama y que se hubiera desbordado amorosamente en torno a él, alguien hubiera colado a 10 o 20 “provocadores” dedicados a insultarlo, arropados por la televisión.

En sus palabras:

“Si voy, me van a ir a ver muchos, porque me quieren, como yo los quiero. Pero me van a mandar a 10, 20 provocadores con la televisión. Entonces, no puedo exponerme, no es Andrés Manuel; si se tratara de Andrés Manuel, respondería yo como cuando estábamos en la escuela: ‘A la salida nos vemos’. Pero soy el presidente de México, tengo que cuidar la investidura presidencial. No puedo permitir que nadie me ningunee”.

Los 10 o 20 provocadores apoyados por la tele hubieran podido lesionar nada menos que la investidura presidencial, como si dijéramos el Taj Mahal, la Catedral o la Mona Lisa.

Hacerse presente en el desastre de Acapulco no valía ese riesgo para el Presidente. Su gran bien a tutelar no era el sufrimiento de los acapulqueños, sino su investidura de hebra y mito.

Suponemos, siguiendo esa lógica, que la presencia del Presidente en Badiraguato, donde estuvo antier, cumplió el efecto contrario: bruñirle la investidura.

Hay algo raro aquí:

Ir al pueblo que representa al narco mejora la investidura presidencial. En cambio, ir en persona a ver la catástrofe de una ciudad de 800 mil habitantes como Acapulco desdora la investidura, porque 10 o 20 provocadores, mezclados en la amante multitud, pueden gritarle al portador de la investidura que va desnudo.

Extraña investidura presidencial la que se abrillanta con aplausos en Badiraguato, capital simbólica del narco en México, y en cambio puede rasgarse por 10 o 20 pelafustanes que le gritan al Presidente impertinencias al día siguiente de que un huracán sin precedentes ha destruido su ciudad.