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Audí el fin de semana, en Guadalajara, a un pequeño foro internacional. Una charla obligatoria de los viajeros fue la de sus vicisitudes en el aeropuerto de la Ciudad de México.

El menú de las vicisitudes es reducido pero universal.  En mayor o menor grado lo probaron todos: retrasos en el vuelo de origen por saturación, aviones que dieron vueltas haciendo tiempo para aterrizar, aviones estacionados en la pista después del aterrizaje, esperando un espacio para desembarcar, filas largas en migración, esperas largas en la entrega de equipajes, vuelos de conexión perdidos.

Inquieta que estas anormalidades se vayan volviendo la nueva normalidad del aeropuerto Benito Juárez. Las autoridades se empeñan en agilizar la operación del existente pero inexistente Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles.

Exigen a las líneas aéreas que lo usen, que programen más vuelos desde y hacia ese punto y, para lograr esto, les cancelan espacios en el Benito Juárez.

Pero está claro que el AIFA no es, ni será en mucho tiempo, un verdadero alivio a la saturación del Benito Juárez. Hoy por hoy tiene 12 vuelos diarios frente a los más de mil del Benito Juárez y cuando hayan acabado de mudar a fortiori los vuelos de las aerolíneas presionadas por el gobierno, el AIFA tendrá 100 vuelos diarios.

Camino a ese momento empezaremos a saber si el espacio aéreo de la Ciudad de México es compatible con la operación simultánea del AIFA. Todo indica que no, tal como han dicho autoridades internacionales, pilotos, controladores aéreos y expertos.

Pero veremos. Lo que es un hecho es que el AIFA no permitirá crecer mucho el tráfico y el comercio aéreo de la Ciudad de México.

Aparece ahí la sombra de un costo invisible, incalculable en cierto modo, de la manera como este gobierno ha jugado a cancelar y construir aeropuertos. Y es que la Ciudad de México podría quedar años estacionada en el volumen de tráfico aéreo que tiene hoy, similar al anterior de la pandemia.

Cuánto le costará ese congelamiento de su actividad aérea a su economía, a su vitalidad, a su centralidad cosmopolita. No lo sabemos, pero costará. Por lo pronto volar a la Ciudad de México se ha vuelto una garantía de incertidumbre, retrasos, riesgo y una buena pizca de simple miedo de volar.