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Las mañaneras tocan a su fin, no solo porque desaparecerán en octubre, al terminar la Presidencia de su inventor, sino porque las realidades de fin del sexenio agotaron su tiempo de ser otra cosa, ya solo pueden ser lo que son.

Las mañaneras explican en buena medida la realidad esquizofrénica que las encuestas han registrado persistentemente en el actual gobierno: una aprobación alta para el Presidente y baja para su gobierno.

La gente oye al Presidente de las mañaneras y le cree pero ve la realidad y le cree también. Las mañaneras lograron sobreponer la realidad virtual de su discurso a los hechos de la realidad real.

Pero no borraron los hechos, que se mantuvieron tercamente ahí, negando que el gobierno estuviera logrando lo que prometió: acabar con la corrupción, detener la violencia, crecer a 6%, sacar de la pobreza a los pobres.

Luego de los dos primeros años de gobierno empezó a ser clara en las encuestas que la gente aprobaba al Presidente pero desaprobaba los resultados de su gobierno. Así votó en 2021, desaprobando más de lo que aprobaba.

Había tiempo entonces, todavía, para sostener que los logros llegarían, que habría un aeropuerto de calidad, un sistema de salud como el de Dinamarca, una refinería que sustituiría la importación de gasolinas, un tren que reviviría al sureste, una política de “abrazos, no balazos” que terminaría con las masacres.

Había tiempo para decir que el cambio necesitaba tiempo. Y que, mientras el cambio sucedía, el gobierno y el Presidente serían víctimas de la prevaricación conservadora o neoliberal, de la resistencia al cambio de los corruptos, del nado sincronizado de intelectuales, periodistas, fifís, ramificaciones concertadas de la vieja mafia del poder.

Había tiempo para todo eso, para darle credibilidad a la verdad alterna de las mañaneras. Pero corrió el calendario y el tiempo se acabó. Las realidades virtuales de las mañaneras siguen siendo virtuales y el sexenio real no puede ya ser más de lo que es.

Los resultados tangibles están a la vista, y las mañaneras ceden su lugar privilegiado de herramientas virtuales de gobierno a las herramientas desfachatadas del poder real, que se despliegan para imponer una elección de Estado autoritaria: una sucesión de Estado.