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La justicia es un árbol central de la verdad pública. Diluirla, afantasmarla, es diluir y afantasmar un orden fundamental de la vida pública, el orden que tiene que ver con la idea que se tiene de la sociedad en que se vive y de cómo vivir en ella. Donde la verdad judicial es un fantasma, la ley del más fuerte tiende a ser la realidad.

En México, y en otras partes del mundo, no está sólo diluida la verdad judicial, como en el caso de Ayotzinapa, sino la verdad a secas: aquí, bajo el imperio de “los otros datos”; en otros países, por el llamado reino de la posverdad, donde todo puede ser cierto y todo no. Manipular la verdad en investigaciones judiciales, en discursos políticos, en versiones periodísticas, en polarizaciones conspirativas, en batallas de opinión pública, tiene como saldo final la niebla, el desacuerdo y esa invencible incredulidad pública, enervada, exigente y militante, capaz , por otra parte, de creerse cualquier cosa.

Nuestra indignada crédula incredulidad.

Conocemos de antaño el régimen de la posverdad que se ha puesto de moda en el mundo. Es nuestra vieja especialidad: diluir la verdad, mal escudriñarla, descreer de ella, producir versiones encontradas, interesadas, políticamente útiles, conspirativas o delirantes, cuyos contornos tienden a imponerse como parloteo común, como cacofonía pública y, al final del camino, lo afantasman todo, suplantan hechos con rumores, realidades con mitos, y producen una sociedad cuya cabeza está llena de agravios y certezas sobre hechos que en el fondo le son desconocidos. Sólo en una sociedad con esos hábitos mentales puede prosperar un discurso oficial tan ajeno a los hechos como el que se impone a la discusión pública de hoy.

La verdad pura y dura es una señora difícil de alcanzar y de probar, incluso en la ciencia. Pero nadie pide verificaciones científicas para la discusión pública.

Se pide sólo un poco menos de niebla, una ética de la discusión apegada a los hechos, una incredulidad inteligente servida por una información razonable, con los pies en la tierra, y no por la cacofonía fantasmal que va cubriéndolo todo hasta hacer invisible, e increíble, hasta lo que pasa frente a nuestras narices.