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Lograr la normalidad democrática no ha sido trayecto fácil ni sencillo. Generaciones de mexicanos participaron, comprometidos en mejorar o construir instituciones que le dieran validez al sufragio. La democracia no se agota en las elecciones, sino que necesariamente las incluye. Además, debe decirse, los comicios deben corresponder a una contienda justa, equitativa y bajo autoridades imparciales. La jornada electoral es el evento fundamental, punto de arribo y también de partida.

Es de arribo porque todo lo realizado se desencadena en los resultados que contienen el acumulado de mandatos ciudadanos. Partidos, candidatos y ciudadanos se movilizaron para llegar a esta cita: el encuentro del votante con la urna. Es puerto de partida porque el país habrá de transitar bajo un nuevo mapa de poder político que incluye la presidencia de la República, el Congreso, prácticamente todos los ayuntamientos y 9 ejecutivos locales.

Cientos de miles de ciudadanos participan en condición de autoridades de casilla. Un reconocimiento a ellos y también a la estructura del INE que ha hecho posible que México tenga elecciones ordenadas, legales y con resultados convincentes en los 9 procesos electorales federales transcurridos de 1997 a la fecha. Se dice fácil, pero hay que tener perspectiva y, sobre todo, es muy relevante que la sociedad interiorice a la democracia electoral como una realidad inamovible.

Tengo la impresión de que hemos sido omisos en el aprecio a nuestras instituciones democráticas. En parte por la partidocracia y la trivialización de la política, también por la expectativa de que la democracia electoral por sí misma resolvería los grandes problemas como son la pobreza y la impunidad. Estas insuficiencias no se le pueden imputar a la democracia, sino a quienes han accedido a cargos de responsabilidad y no pudieron dar resultados.

Votar es la forma más civilizada de participar en la vida pública. Nos da derecho a exigir, independientemente del resultado electoral; también convalida la coexistencia de la pluralidad. Sea dicho de paso, es una manera de imponerse sobre las amenazas más serias a la vida institucional, como es el embate del crimen organizado y el clientelismo.

Votar es el ejercicio cívico más sublime de la libertad.