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Cada vez que aparece un fenómeno masivo, dispara inquietudes empresariales para subirse en su difusión o popularidad y obtener fama efímera o dinero inmediato. La Copa del Mundo de fútbol lo es cada cuatro años: ¿En qué resquicio puedo encontrar una afirmación sensacional para llamar la atención?, parece ser la consigna.

Este año, en la euforia inducida por una Copa Infantino llena de innovaciones cínicas y triquiñuelas viejas, surgió como ejemplo una supuesta cinta docuficción con el sugestivo título de “México 86”.

Dícese el filme, basado en el libro “El 86, el año que México cambió al mundo”, del cronista deportivo Francisco Javier González Chávez. Mientras este libro reseña hechos y detalles del evento deportivo, la película que dirige Gabriel Ripstein prefiere fabular los ambientes, personajes, situaciones, convenios, arreglos, trucos y componendas para lograr en definitiva que la copa de 1986 tuviera lugar en México, que se había postulado como alternativa para la original Colombia, que se declaró incapaz de realizar el torneo por problemas internos y económicos.

Con este propósito, los guionistas Ripstein y Daniel Krauze convierten a un ficticio Martín de la Torre, interpretado excelentemente bien por Diego Luna, como el artífice principal de ese logro, de telenovela.

Pretende este personaje estar inspirado en Rafael del Castillo, efectivamente presidente de la Federación Mexicana de Fútbol de entonces. De esta forma, la película ridiculiza al principal operador mexicano, Guillermo Cañedo de la Bárcena, reduciéndolo a un papel de ornato y pelele. Lo mismo pasa con la caracterización de Emilio Azcárraga Milmo, una caricatura extrema. Un esfuerzo oportunista totalmente frustrado, que cuenta medias verdades y mentiras enteras. Muy prescindible.

Entre otros materiales visuales producidos por la oportunidad, apareció en Facebook, me parece, un recuento sobre la FIFA y su crisis interna que derivó en la llegada de Infantino: el reporte es mucho más cercano a la verdad que la película de Ripstein. Especialmente en el papel de las marcas registradas, y el papel de Adidas, fabricante de calzado, ropa y equipo deportivo.

La marca Adidas nace de la contracción del nombre de su fundador Adolf Dassler, que comenzó en 1927 con su hermano Rudolf la confección de zapatos deportivos en Baviera. Rudi y Adi se separaron después de la Segunda Guerra Mundial y Rudolf inició la competencia a su hermano menor con las marcas Puma y Arena.

Resulta que en 1970, Horst Dassler, hijo de Adi, metió un gol de campeonato: convenció al entonces presidente de FIFA, Sir Stanley Rous a que la pelota exclusiva de la Copa del Mundo fuera la de su firma. Hasta entonces, cada país jugaba con la de su preferencia.

Desde entonces, y en todos los deportes —especialmente aquellos cuyos juegos se televisan— se juegan fuera de las canchas otros partidos, el de las marcas de zapatos, guantes, vestidos, palos de golf, bandas, raquetas, gorras, camisetas, pelotas y todo lo que tenga que ver con el deporte.

Así, esta semana los dos mayores campeones se enfrentan en la Copa Infantino, que diga FIFA: Adidas, de Alemania, contra Nike, de Estados Unidos. A nadie escapan los efectos comerciales que tiene la marca que vista a los triunfadores.

Anotemos que Inglaterra y Francia visten Nike. España y Argentina, por su parte, Adidas.

Sólo por meter cizaña y aumentar el sospechosismo, que ya tiene terreno ganado con Infantino y su FIFA, le informo que Suiza y Marruecos vistieron y calzaron Puma.

Hagan sus apuestas, señores.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO PORQUE NO DEJAN ENTRAR SIN TAPABOCAS: Bien dice Napoleón que la derrota es huérfana y el triunfo tiene muchos padres.

Como hoy todo el mundo, especialmente en México, está convencido que la Copa Infantino 86 fue un soberbio éxito en todos los sentidos, desde gobernadores, delegados, alcaldes y achichincles exageran los números.

Nos habían prometido que, para el Mundial, vendrían cinco millones de turistas del extranjero. Hoy cuentan un millón y medio. Por supuesto, si le suman los cuatro millones que todo el año vendrán, cumplen con creces la cuota.

El mentiroso gobernador de Nuevo León, que no hizo UNA SOLA de las obras públicas prometidas para la inauguración, jura que en el estado hubo una derrama económica de diez mil millones de pesos por el evento. Nadie documenta nada.

La señora presidenta con A de mujer prometió cinco mil canchas de fútbol en todo el país, que quedarían para la posteridad futbolera. No se reconstruyeron más de mil quinientas.

Y así: queremos seguir la fiesta.

Para la cruda hay tiempo.

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