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El jueves tuve la fortuna de cumplir 63 años. Me gustó. Celebrar plácidamente, más aún. Tuve tiempo para reflexionar como han ido las cosas y la vida pública, desde que tengo memoria.

Nací cuando gobernaba Adolfo López Mateos y pasé parte de mi niñez en el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, a quien inevitable asocio con el movimiento estudiantil, la matanza de Tlatelolco, los Juegos Olímpicos y el Mundial de Futbol. De la trágica Noche de Tlatelolco, recuerdo los gritos de una muy joven vecina del edificio en que vivíamos y a sus padres desesperados por calmarla por los horrores que había presenciado, buscando el auxilio de mi papá, quien era médico.

Mi adolescencia fue durante el gobierno de Luis Echeverría. Recuerdo la matanza estudiantil del jueves de Corpus, que casi nos deja huérfanos porque mis padres fueron de curiosos y les tocó, a distancia, la horrible balacera. Regresaron espantadísimos de ver cómo ambulancias públicas recogían cadáveres en las calles.

Inolvidable el Concierto de Avándaro, del que por supuesto solo me enteré por los diarios y la sorpresa de mi mamá ante los excesos que se narraban de los hippies, (que ahora me hace sonreír). Y no podría dejar de mencionar los interminables informes de gobierno que duraban horas y horas. (Me preguntaba: ¿y si le dan ganas de ir al baño?)

Luego tuve conciencia de la represión política, del desastre económico y de sus sueños guajiros de ser líder mundial o continental, como YSQ.

En el sexenio de López Portillo, su “Administración de la abundancia” por el boom petrolero, sus excesos personales y familiares y sus citas en los informes como el espejo negro de Tezcatlipoca y su defensa del peso como un perro, la devaluación, la expropiación de la banca y la inolvidable visita de Juan Pablo II. Entré a la Ibero y luego a Televisa.

Con Miguel de la Madrid, la “Renovación Moral de la Sociedad” y el surgimiento de la Sociedad Civil ante la inacción oficial tras los temblores del 85, la inflación superior al 100 ciento y el conflicto postelectoral de 1988.

De Carlos Salinas de Gortari, el TLC, pero también los asesinatos de Luis Donaldo Colosio, de José Francisco Ruiz Massieu y del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, el surgimiento del EZLN.

De Ernesto Zedillo, el “error de diciembre”, el rescate bancario a través del Fobaproa, la matanza de Acteal, los enfrentamientos con el EZLN, el triunfo de la oposición en el gobierno capitalino y la llegada de la transición.

Con Vicente Fox, ¿algo además de Martita?: el “toallagate”, el “comes y te vas” a Fidel Castro, la fuga de El Chapo, sus locuacidades.

Con Calderón, la extinción de Luz y Fuerza, la guerra contra el narco, el incendio de la Guardería ABC, las muertes violentas de los secretarios de Gobernación Juan Camilo Mouriño y Francisco Blake Mora.

Con Peña, la frivolidad, las dizque Reformas Estructurales, Ayotzinapa, los gasolinazos, la Casa Blanca, la Estafa Maestra, el desprestigio y el atasque corrupto de cercanos y distantes que finalmente permitieron la llegada de quien hoy nos gobierna.

A Andrés Manuel López Obrador lo conocí hace décadas, cuando era un líder social opositor que parecía con buenas intenciones, seguí su ascenso político y su terquedad electoral. Lo vi con otros ojos cuando ordenó el plantón en Paseo de la Reforma. Finalmente ganó, en 2018, y despertó grandes expectativas. Con sus programas de bienestar, consolidó su clientelismo político entre los más pobres, canceló grandes obras y se empecinó en otras. Hace mutis con la corrupción y el abuso, la terquedad se volvió necedad, asomando el autoritarismo. Hasta ahora. Qué decepción.

Y otra vez me pregunto: ¿neta? ¿con la 4T hasta la muerte? (Pensando que se queden muchos más sexenios).