Habían pasado más de 6 meses desde la llegada de los castellanos comandados por Hernán Cortés a los arenales de Chalchihuecan,  enfrente de la isla de San Juan de Ulúa.

Importantes eventos se habían dado durante dicho lapso de tiempo, desde terminar con una rebelión de la facción velazquista en la Villa Rica de Veracruz, cuando Cortés se vio en la necesidad de condenar a muerte a dos de los miembros de su expedición y cercenarle los dedos de un pie a otro conspirador llamado Gonzalo de Umbria.

También se había realizado una alianza con el cacique gordo de la ciudad de Cempoala, Quauhtlaebana, Chicomacatl, quien les regaló  8 doncellas a Cortés y a sus capitanes, entre ellas su propia hija bautizada como Catalina. Las huestes de Cortés también libraron terribles batallas contra los ejércitos de las cuatro cabeceras de Tlaxcallan, los que después se volverían sus aliados fieles.

Otro momento relevante del proceso que conocemos como La Conquista de México fue la matanza de Cholula, la cual se realizó debido a que los castellanos pensaban que sería emboscados por una fuerza mexica de 20 mil hombres que se ubicaban a las afueras de la ciudad sagrada de Quetzalcoatl. Muy posiblemente solamente se trataban de 2000 hombres que habitaban una guarnición mexica de dicho territorio.

Incluso se habían dado proezas dignas de ser cantadas por bardos en los mesones de Castilla, Extremadura y Granada, como la que realizó Diego de Ordaz quien con 10 castellanos decidieron y algunos indígenas decidieron subir a la montaña humeante que dividía la Cuenca de México del actual valle de Puebla-Tlaxcala: el Popocatépetl.

Cabe mencionar que solamente Ordaz y dos hombres más llegaron al cráter, los demás fueron desertando debido a la altura, cansancio y frío. No sería hasta  el 22 de octubre de 1525 que el monarca español, Carlos V, le entregaría un escudo de armas en reconocimiento de su proeza.

Biombo del encuentro por Juan Correa.

Durante todas esas andanzas murieron tres caballos de los 16 que llevaba la “expedición de los Ángeles”. Seguramente que Hernán Cortés reflexionó, que bien habían valido la pena todos las penurias, privaciones, muertes y sufrimientos, cuando vio por primera vez la ciudad más asombrosa de América y de posiblemente todo el mundo: Tenochtitlán.

Todo empezó muy temprano el 8 de noviembre de 1519 cuando un indígena, un mensajero, corría por la avenida Mexihco-Ixtapallapan, dando gritos, advertencias. Decía que despejaran una de las más importantes avenidas que conectaban Tenochtitlán con tierra firme, puntualmente con las poblaciones de Ixtapallapan, Huitzilopochco, Coyoacán y Culuacán.

Actualmente sería la venida de Tlalpan y su continuación hacia el Centro Histórico Pino Suárez. El mensajero indígena mientras avanzaba decía: “al que estorbase se le dará muerte”. Seguía las órdenes de Motecuhzoma Xocoyotzin, quien a su pesar y no teniendo otra alternativa, había accedido a encontrarse con los recién llegados a la entrada de su ciudad.  Después de haberse deleitado con la vista de la Cuenca de México con las hermosas ciudades que la poblaban, los castellanos bajaron del llamado “Paso de Cortés” entre las cumbres nevadas del Popocatépetl e Iztaccihuátl para llegar a Amecameca.

Posteriormente visitarían Ayotzinco, Mixquic, Cuitlahuac (la actual Tláhuac), Mexicalzingo para pernoctar en el señorío gobernado por el pilli o noble Cuitláhuac: Ixtapallapan. Cortés y los capitanes Velázquez de León, Cristobal de Olid, Diego de Órdaz, Pedro de Alvarádo y Gonzalo de Sandoval habían dado órdenes a sus hombres de limpiar las armaduras, los yelmos, espadas toledanas, rodelas.

Los caballos serían cepillados, así como los jubones y camisas para la entrada triunfal a la ciudad de Motecuhzoma, el señor del Anáhuac. Antes de que saliera el sol, los castellanos y sus aliados indígenas (alrededor de 5,000) estaban desayunando y vistiéndose con sus mejores galas para tomar formación en la columna que entraría a la capital mexica.

Cortés por Weiditz. Se tiene la certeza que el extremeño posó para la realización de esta ilustración.

Cortés a caballo, acompañado de otros 12 jinetes abrieron la marcha. Al lado del extremeño caminaba Malintzin, la nahua-popoluca la traductora y consejera, así como también el naufrago que había pasado 8 años entre los mayas: Jerónimo de Aguilar. Los seguirían 300 hombres de armas que provenían de diferentes regiones de Europa.

Entre ellos había castellanos, catalanes, extremeños, italianos, incluso uno que otro griego. Siguiendo sus pasos iban los 5,000 aliados indígenas que seguramente también se maravillaron a ver la capital del tecuhtli Motecuhzoma, la cual posiblemente nunca habían visto en su vida.

Totonacas, tlaxcaltecas e incluso cholultecas avanzaban por la avenida que tenía la anchura de “dos lanzas jinetas” de acuerdo a Bernal Díaz del Castillo, el soldado cronista. Cerraban la larga columna las naborías, las mujeres que preparaban los alimentos y finalmente los cargadores indígenas, tamemeh, acompañado de los taínos y esclavos de color, todos sudando al empujar o jalar las pequeñas piezas de artillería, mas no por eso ligeras.

Las narraciones de escritores, divulgadores y académicos han afirmado que el lugar del encuentro entre Motecuhzoma y Cortés se dio donde ahora se levanta el Hospital de Jesús, en la esquina de las calles actuales de Pino Suárez y República del Salvador, sin embargo varios estudiosos (entre ellos Carlos González Aparicio y el escritor Juan Miralles) piensan que  el encuentro se dio en el islote de Xoloc, donde se ubicaba la “fortaleza” de Acachinanco.

Este punto era la entrada a la ciudad y es muy posible que el propio Motecuhzoma y su cortejo se hayan trasladado a este punto para recibir a los recién llegados. Sin embargo hay que tomar en cuenta al propio Cortés, quien años después de la Conquista afirmaría que había construido el Hospital de Jesús o de la Purísima Concepción para recordar el lugar donde se había encontrado por primera vez con el Huey Tlahtoani. Motecuhzoma llegó en andas, y al bajar fue “escoltado” por Cacama, su sobrino y gobernante de Tezcuco y Cuitlahuac, su hermano y gobernante de Ixtapallapan.

Es posible que en realidad lo escoltaran los otros dos gobernantes de las ciudades que integraban la Triple Alianza, Cacama de Tezcuco y Totoquihuatzin de Tlacopan. Recordemos que nadie podía ver directamente a los ojos  a Motecuhzoma, y en su presencia nadie podía calzar cactli, ni siquiera sus familiares. Cuando el gobernante mexica descendió del palanquín varios hombres empezaron a barrer el piso y a colocar finas mantas de algodón para que “su señor” pudiera caminar por el piso.

Cortés de inmediato se apeó del caballo y trató de abrazar al mexica, sin embargo fue detenido por Cacama y Cuitlahuac. Se dio un intercambio de regalos, el extremeño obsequió un collar de cristal cortado italiano y el recibió por parte de Motecuhzoma dos collares hechos de coral rojo con “ocho camarones de oro del tamaño de un jeme”.

Posteriormente los 200 dignatarios que acompañaban al séquito mexica saludaron a Cortés, lo que debe de haber tomado un tiempo considerable. Después fueron conducidos por la misma calzada a la gran plaza de Tenochtitlán, ubicada donde ahora se encuentra el Zócalo.

Finalmente fueron escoltados hasta el palacio de Axayácatl, padre de Motecuhzoma, el cual había sido adecuado y acondicionado para dar cabida  a todos los integrantes del grupo de Cortés. Cabe mencionar que este palacio se alzaba donde ahora está la matriz del Monte de Piedad, al oeste de la Catedral Metropolitana.

Motecuhzoma se despidió de ellos tomando camino hacia sus aposentos, ubicados donde ahora se encuentra Palacio Nacional. Así terminó uno de los encuentros más importantes de la historia de la humanidad, el cual tuvo consecuencias en varios continentes.

Recordemos que con la caída de Tenochtitlán, Cortés pudo extender y dominar amplios territorios que actualmente conforman México, obteniendo importantes recursos con los que se financiarían las guerras  libradas por los monarcas españoles, entre muchas otras cosas.

También, el dominio de estos territorios abrirían la puerta para la conquista de Filipinas, territorios del sur de EE.UU. e incluso Centroamérica.  Cabe mencionar que estamos a un par de semanas que se cumplan 500 años de este evento, el cual cambiaría a la faz de estas tierras para siempre.

Enrique Ortiz García

Divulgador cultura

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