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Lo dijo con su propia voz al leer una carta, el pasado lunes, frente al juez Brian Cogan de la Corte Federal de Brooklyn, en Nueva York, Ismael el Mayo Zambada, sereno, con la calma y las barbas blancas de un abuelo que da consejos porque sabe muy bien lo que dice, contó que lleva 50 años en el negocio del narcotráfico, lapso en el que pudo operar con impunidad gracias a los sobornos pagados a policías, mandos militares y políticos, desde sus comienzos hasta el último día de su estancia en nuestro país (25 de julio del 2024).

Gracias a el capo sinaloense los políticos de relevancia, los jefes militares y policiacos ya no podrán presumir diferencias. El mayor narcotraficante del país les ha otorgado, sin querer queriendo, el certificado de licenciatura por la Gran Universidad del Narcotráfico. Se acabó la guerra de declaraciones de “nosotros no somos iguales” o “nuestro partido no pacta con criminales”. A el Mayo, le bastó con abrir la boca cinco minutos, para registrar a policías, militares y políticos como pertenecientes a la misma ralea. En su momento recibieron su discreto y relleno sobre manila.

En el futuro se podría registrar ante el INE el PNT (Partido del Narcotráfico): tiene estructura, tiene disciplina, tiene candidatos de sobra y no necesitará financiamiento con dinero público. ¿Y la ideología? Eso quedó atrás. Ya no importa ser de izquierda, de derecha o de centro: todos describen órbitas elípticas uno de cuyos focos es el sol del dinero.

El cambio provocado por Zambada es realmente revolucionario. Después de su declaración, los políticos mexicanos tienen que resignarse a ser todos iguales. Una recomendación para lectoras y lectores: cuando vean a los políticos en campaña diciendo que ellos representan el cambio, díganles que sí lo representan, pero el del sobre de manila con billetes a cambio de impunidad.

El Mayo morirá en la cárcel, pero dejará un gran legado y éste no será el tráfico de drogas. Logró la democratización perfecta: políticos de todos los partidos mexicanos comieron de su mano. Por eso, hay que admitirlo: Zambada García logró lo que nadie: la unidad nacional.

En otro orden: mientras la Fiscal General de Estados Unidos, Pam Bondi, festejaba lo que consideró “una victoria histórica” y la justicia estadounidense pintaba al narco mexicano como un villano absoluto, nadie pareció recordar que del otro lado de la frontera, durante esos mismos 50 años, entraron, con la misma naturalidad que entran las cajas con aguacates para el Super Bowl, un millón y medio de kilos de cocaína.

La DEA, la Patrulla Fronteriza, el FBI y los sheriffes podrán jurar que vigilaban, metro a metro, la línea divisoria, pero la droga cruzó a EU como turista con visa múltiple. Y uno se pregunta, con un poco de mala leche: ¿de verdad son tan ingenuos, o simplemente estaban esperando su propio sobre manila, versión American size?

Lo paradójico es que mientras Washington sermonea a México sobre narcotráfico, su mercado negro —blanco, afro, latino y de todos colores— se ha convertido en el mejor cliente del negocio. Cincuenta años de adicción nacional no se mantienen de manera espontánea. Es necesario logística, consumo y, por supuesto, hacerse de la vista más gorda que los tobillos de Donald Trump.

Al final, lo que el Mayo confesó no es un crimen aislado: es la radiografía de dos países que se presumen enemigos del narcotráfico, pero que en realidad han sido sus favorecedores. Si algo queda claro, después de cincuenta años, es que en la bolsa de valores del narcotráfico, México y Estados Unidos, cotizan juntos.

El juicio de Brooklyn, por momentos, pareció más un acto de magia que de justicia: “Vean todos al narcotraficante mexicano mientras tratamos de desaparecer al elefante que tenemos en nuestra casa: la incapacidad, o más bien, la falta de voluntad, para frenar que toneladas de polvo blanco pasen por nuestras narices… literalmente”.