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Ya se lo decía en este mismo espacio la semana pasada: las posibilidades de un acuerdo entre los productores de petróleo tras el encuentro de Doha, capital de Qatar, este pasado fin de semana pasaban por la realidad de la rebeldía de Irán de acceder a cerrar la llave de la producción que recién acaba de abrir.

La realidad es que todas las razones económicas indicaban que los integrantes de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y otros no integrantes invitados a la cumbre lograrían un acuerdo que no parecía tener mayores complicaciones, al menos no en el papel.

No se trataba de uno de esos acuerdos de antaño cuando la OPEP decidía, de manera ciertamente arbitraria, reducir su producción para subir los precios. En varias ocasiones durante el siglo pasado lo hicieron y demostraron el poder que tenían como cartel productor.

Pero los tiempos cambian y ahora clientes dependientes de su producto se han convertido en exitosos productores que no sólo han logrado independencia sino que empezaban a desarrollar un mercado exportador de energéticos.

De lo que se trataba el domingo pasado era de lograr un acuerdo para congelar la producción a los niveles alcanzados en enero.

De hecho, el documento final de la cumbre, que ya estaba redactado y en proceso de afinar detalles, decía que a partir de la firma del fallido acuerdo congelarían su producción desde hoy hasta el 1 de octubre a los niveles de enero .

Un pacto que tiene toda la lógica económica de preservar los precios en niveles entre 40 y 50 dólares por barril, que es aceptable para no provocar más daños financieros en los países productores, no parecería que tuviera mayor oposición.

Pero ahí es donde entraron otros factores no económicos, pero sí determinantes.

Aunque se lo comentaba la semana pasada: Irán no estaría presente en el acuerdo y Arabia Saudita no firmaría un acuerdo de limitación petrolera si Irán no estaba incluido en los compromisos.

Estamos hablando de dos de los más grandes productores de petróleo del mundo, por lo tanto, de dos de los más grandes competidores. Pero sobre todo, hablamos de dos enemigos jurados que históricamente se han enfrentado en su vecindario árabe del Golfo Pérsico.

Irán no hará otra cosa que bombear todo el petróleo que pueda colocar en el mercado, así lo tenga que vender en 25 dólares, mientras que Arabia Saudita está en medio de problemas financieros muy serios; sin embargo, no parece que se doblará ante quien considera su enemigo.

Los mercados financieros, que rigen las cotizaciones del petróleo, son nerviosos por naturaleza y la señal de que los productores no pueden ponerse de acuerdo en algo tan esencial es un disparo a la parvada que empezaba a confiar en la recuperación petrolera.

Hoy no hay mucho que pueda contener los ánimos de llevar de regreso los precios del crudo a niveles inferiores a 30 dólares por barril de los principales referentes, con las consecuencias directas para mercados secundarios como el de la mezcla mexicana de petróleo.

El fracaso del domingo tiene repercusiones globales.