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No sé si a usted le pase, pero es común quedarse con una expresión entre orgullo y sorpresa cuando ve a un niño o a un joven manejar con destreza un dispositivo digital, dando una cátedra maestra sobre su funcionamiento a personas que le duplican o triplican la edad.

Pero esa misma cara de orgullo de muchos padres cambia drásticamente cuando sus hijos, por creer en “información bien editada”, caen en manos de la delincuencia o son acosados por no tener cuidado con lo que publican en redes sociales.

Y es que, amigas y amigos, saber usar una pantalla no es lo mismo que saber leer lo que hay detrás de ella.
En México —y en gran parte del mundo— confundimos la alfabetización digital con aprender a encender dispositivos. Repartimos tablets, entregamos computadoras, presumimos conectividad… y dejamos solos a niños y adolescentes frente a un mundo digital que no entiende de inocencias.

Hoy, más del 90% de los adolescentes mexicanos usa internet a diario. Lo dice el INEGI. Lo que no dice nadie es quién les enseñó a distinguir una mentira de una verdad, una opinión de un hecho o una manipulación de una idea propia.

Las redes sociales se han vuelto su primer salón de clases emocional. Ahí aprenden qué cuerpo es “correcto”, qué vida es “exitosa”, qué opinión vale y cuál merece burla. Y aun así, en la mayoría de las escuelas nadie les explica cómo funcionan esos espacios ni por qué parece que el algoritmo sabe más de ellos que ellos mismos.

Luego está la inteligencia artificial. Ese fantasma cuyo andar está dejando huella en los salones y que muchos prefieren ignorar. Los estudiantes ya la usan para hacer tareas, resúmenes, cartas y ensayos. La escuela, en cambio, sigue discutiendo si la prohíbe, como si fuera posible ponerle candado a la realidad. Y como casi siempre, llega tarde a la conversación y, peor aún, sin entenderla.

El problema no es que usen IA; el problema es que nadie les enseña a usarla con criterio.

La IA podría ser una herramienta creativa brutal: para pensar mejor, escribir mejor, contrastar ideas o hacerse preguntas incómodas.

Pero sin guía, se vuelve solo una trampa elegante para no pensar.

Mientras tanto, las autoridades educativas mexicanas parecen vivir en otro calendario —qué digo calendario, en otro universo—. Planes de estudio que apenas rozan lo digital, docentes sin capacitación real y una ausencia casi total de formación en pensamiento crítico digital, ética tecnológica o navegación responsable.

Están más enfocadas en defender una “Nueva Escuela Mexicana” —que a ciencia cierta ni ellos saben qué es—, pero que está condenando al atraso a miles de estudiantes.

No es un tema menor. La UNESCO ya ha advertido que la falta de alfabetización digital crítica aumenta la vulnerabilidad a la desinformación, al discurso de odio y a la manipulación política. Y aun así, seguimos actuando como si fuera un asunto secundario.
Después nos preguntamos por qué cuesta tanto dialogar, por qué la mentira corre más rápido que la verdad o por qué tantos jóvenes repiten lo que ven sin cuestionarlo.

Tal vez porque nadie les enseñó que a pensar también se aprende. Y que hoy, pensar implica saber moverse entre pantallas, algoritmos e inteligencias artificiales sin perder el criterio ni la humanidad.

La alfabetización digital no es enseñar tecnología.

Es enseñar a no dejarse dominar por ella.

Y si el Estado no se toma en serio esa tarea, el desorden seguirá creciendo.

No en las redes, sino en la sociedad.

EN EL TINTERO
Mientras discutimos si educamos o no para el mundo digital, la política sigue haciendo lo suyo. El martes les comenté que Donald Trump era el mejor amigo de la 4T. La presidenta habló con él y salió de la plática con la “certeza” de que Estados Unidos no atacará a los narcos en suelo mexicano. Y mientras estábamos enfocados en las bravatas del inquilino de la Casa Blanca, por la puerta de atrás cocinan la reforma electoral.

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